Anthony Burgess: un 22 de noviembre, hace 22 años

Hoy domingo 22 se cumplen 22 años del fallecimiento de Anthony Burgess, autor de La naranja mecánica, tal vez la distopía más interesante junto con 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley y  Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, y resulta inquietantemente profética medio siglo después de su publicación.

John Anthony Burgess nació en la localidad inglesa de Manchester, Inglaterra, en 1917 y perdió a su madre con apenas un año de edad por culpa de la (mal) llamada “gripe española” que asoló buena parte de Europa.

Quizá por ello fue un niño solitario y amante de la música; de hecho, a lo largo de su vida compuso dos sinfonías, además de varias sonatas y conciertos, pero no viviría de ello sino como profesor en distintas instituciones educativas en territorio británico, pero también en Malasia y Brunei.

A ello le ayudó su asombrosa capacidad para dominar idiomas puesto que, aparte de su inglés nativo, hablaba bien español, alemán, italiano, francés, ruso, malayo y japonés, además de conocer algunas palabras de chino, sueco, persa y hebreo: esta habilidad le resultaría muy útil en su carrera literaria.

Tal vez nunca se habría dedicado profesionalmente a escribir ficción de no haber sido por el alarmista diagnóstico que recibió en 1959 cuando le fue detectado un tumor cerebral inoperable que, según le auguraron, acabaría con su vida en dos año más, como mucho.

Temiendo por el futuro de su mujer Llewela Lynne Isherwood Jones cuando él faltara, decidió retirarse de la enseñanza y dedicarse en cuerpo y alma a escribir con la intención de que ella pudiera vivir sin problemas con la renta de los derechos de autor de sus publicaciones.

En realidad, luego vivió 34 años más y finalmente falleció de cáncer de pulmón en 1993, habiendo sobrevivido a su esposa, que falleció por culpa de una cirrosis en 1968…, pero entonces el panorama que se le presentaba era muy diferente, así que se aplicó a la labor y escribió nada menos que cinco novelas y media en un año.

Más tarde publicaría numerosos ensayos, artículos periodísticos y críticas literarias, además de más de medio centenar de libros de distintos géneros: desde novela de terror hasta histórica, pasando por espionaje, viajes y ciencia ficción.

Fue en esta última categoría donde firmó La naranja mecánica, una de las distopías políticas más brutales y acertadas de cuantas se han publicado en el siglo XX, especialmente en el mercado anglosajón, que ha aportado las obras principales en este subgénero.

En la novela no aparece ninguna naranja: se supone que el título podría venir de una expresión cockney -la jerga de los habitantes de baja estofa en el East End londinense- que dice As queer as a clockwork orange y suele traducirse como Tan extravagante como una naranja mecánica.

Sin embargo, los críticos especializados afirman que el título esconde un juego de palabras, puesto que ‘orang’, en malayo, significa ‘hombre’ -de ahí el nombre original del orangután, que en este idioma se escribe ‘orang hutan’ con el significado de ‘hombre de la selva’-, por lo que el nombre real de la ficción, escondido tras el de la portada, vendría a ser “El hombre mecánico”.

En todo caso el libro se publicó en 1962 y fue un éxito, que se multiplicó hasta el infinito gracias a la versión cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick, estrenada en 1971.

La novela cuenta la historia de Álex DeLarge, un joven violento y marginal que lidera una pandilla -compuesta por sus amigos, los drugos Pete, Georgie y Dim- con los que pasa la vida consumiendo una leche mezclada con drogas y delinquiendo: robos, palizas gratuitas, peleas con otras pandillas, perversión de menores…

En una de sus correrías asaltan una casa lujosa donde golpean a un escritor mientras violan a su esposa: el suceso fue la manera de Burgess de exorcizar un hecho real que sufrieron él y Lynne en Londres en 1944 cuando cuatro marines norteamericanos les robaron y, a ella, la violaron, a consecuencia de lo cual perdió el hijo que esperaban.

El asistente social que vigila a Álex sabe lo que está haciendo pero no tiene pruebas contra él y le advierte de que acabará mal, mientras que los drugos llevan cada vez peor su tiránico liderazgo…, pero todo cambia durante otro robo, que se complica cuando Álex mata a la dueña y es detenido y encarcelado.

En prisión, sigue comportándose con igual brutalidad y mata a otro reo: entonces es elegido para experimentar con él el Tratamiento Ludovico, básicamente un condicionamiento clásico utilizando drogas, películas de ultraviolencia y música clásica hasta que termina asociando los términos y volviéndose inofensivo, incapaz de matar una mosca.

Liberado de la cárcel, su pasado le persigue: no puede volver a casa de sus padres, que han alquilado su habitación; es golpeado sin piedad por sus antiguas víctimas y compañeros que cumplen así una esperada venganza, y termina en la casa del escritor, que decide forzar su suicidio utilizándolo además para derribar al gobierno.

Al final, Álex no sólo sobrevive sino que recupera su ser violento original al superar el Tratamiento Ludovico, pero aquí llega la polémica más importante del texto, que llevó al propio Burgess a renegar de su obra ya que el capítulo final de la novela no fue incluido en la edición norteamericana en la que se basó Kubrick para el rodaje.

En la novela, el protagonista intenta recuperar su anterior vida con tres drugos nuevos, pero ya no encuentra satisfacción en ella y, al encontrarse con su antiguo colega Pete, feliz tras su matrimonio, se da cuenta de que ha madurado y comprende que es hora de rectificar y “normalizarse”, mientras que el final de la película transmitía la idea contraria al presentarlo como un caso sin solución.

Uno de los factores de éxito de la novela fue el Nadsat, la jerga juvenil inventada por Burgess, basada en el idioma ruso -y suavizada en la versión de Kubrick- que, según él mismo definió, era un “curso de ruso cuidadosamente programado”.

Esta capacidad con los idiomas le ayudaría en otros trabajos posteriores, como por ejemplo a la hora de crear un lenguaje prehistórico ficticio para la película de Jean Jacques Annaud “En busca del fuego” en 1981.

La naranja mecánica, que adelanta problemas hoy de gran calado como la creciente violencia de la sociedad, la manipulación social a través de técnicas de condicionamiento, el consumo masivos de drogas o la corrupción de gobiernos dispuestos literalmente a lo que sea con tal de mantenerse en el poder, tuvo una fortísima repercusión en el Reino Unido donde, tras su estreno, se sucedieron diversos crímenes supuestamente inspirados por ella.

Muy afectado por ello y por las críticas de Burgess, Kubrick -que vivía en Inglaterra- forzó su retirada de cartel tras 61 semanas consecutivas y estuvo así censurada en los cines de este país hasta después de la muerte del cineasta en 1999.

 

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