La primera Guerra Carlista en Almadén

La mayor batalla jamás librada en Almadén no fue durante la guerra de la Independencia, cuando los franceses tomaron la ciudad, ni en la Guerra Civil española, cuando cayó al final de la misma. Fue durante la primera Guerra Carlista.

El día 24 de octubre de 1836 el general carlista Miguel Gómez Damas tomó Almadén tras dos días de duros enfrentamientos con las fuerzas de Manuel de la Puente y Aranguren, Gobernador Militar y Superintendente de las Minas y de George Dawson Flinter, militar irlandés que servía como Comandante general de Extremadura.

Recién llegada la expedición carlista a Santa Eufemia, localidad muy próxima a Almadén, dirigió a las autoridades de Almadén el siguiente mensaje: “Comisaria de guerra del ejército real de la derecha. Es indispensable que para las diez de la noche tenga V. preparadas las raciones anotadas al margen, en la inteligencia que de no verificarlo hago á V. responsable de todos cuantos perjuicios puedan originarse al benemérito ejército del Rey nuestro señor. Dios guarde á V. muchos años, Santa Eufemia 22 de octubre de 1836. El comisario Juan Bautista Lopez. Señor alcalde de la villa de Almaden. Las raciones: Pan, doce mil. Carne, id. Cebada, dos mil quinientas.”

Blog El forzado de Almaden

Jefe Carlista General Gómez.



El mensaje fue devuelto con una nota garabateada debajo que decía: “En Almaden no se dan raciones si no se conquistan con plomo. Puente”. Quizás era la provocación que los carlistas esperaban para atacar Almadén.

Almadén se encontraba defendido por un batallón de voluntarios formado por hombres del pueblo y de los pueblos vecinos, y por la división de Extremadura del brigadier Flinter, que había acudido en socorro de Almadén. En total la defensa contaba con 1.200 hombres y una sección de caballería de 180 unidades.

El pueblo se había fortificado para la batalla, pero no muy adecuadamente: “unas miserables bardas y corrales tienen una circunferencia de tres cuartos de legua ninguna forma regular para establecer sus defensas”. En la parte más alta de la ciudad se reparó el caserón conocido como enfermería (Hospitalillo) situada en la plaza de la Constitución, y el castillo de Retamar, llamado Fuerte Cristina que con las calles aledañas, se convertiría en el último punto de resistencia.

El marqués José Ramón Rodil y Campillo, secretario de Estado y del despacho de la Guerra, que se encontraba en Almodóvar del Campo con su ejército, ordenó que “se defendiese a todo trance el Almaden, seguro de que vendría en su socorro resistiendo el ataque por el término de 48 horas”. Finalmente, decidió cambiar su estrategia y en lugar de dirigirse al oeste a defender Almadén, decidió ir al este, a Santa Cruz de Mudela, pensando que iban a usar el paso de Despeñaperros en su ruta hacia el norte. Almadén quedó así a su suerte.

El joven comandante carlista Ramón Cabrera y Griñó, conocido como el “Tigre del Maestrazgo” llegó primero a Almadén con el ánimo de negociar una rendición pero, tras dialogar un rato, regresó a las filas carlistas en un estado de ánimo muy sombrío. No explicó exactamente lo que se había dicho, pero al llegar, murmuró a sus soldados: “O he de tomar á Almadén para que se acuerde de mi, o de morir”.

El 23 de octubre de 1836 entre las 6 y 6 y media de la mañana el ejército Carlista compuesto por 8.000 hombres y 1.200 caballos atacó Almadén. La vanguardia estaba formada por batallones expedicionarios liderados por Cabrera, apoyados por una fuerte columna y por el fuego de dos piezas de Artillería de montaña.

Los carlistas establecieron sus líneas de tiradores en toda la circunferencia del recinto. En la ciudad se establecieron las dos casas fuertes, el castillo de Retamar, con Puente a la cabeza y la enfermería donde estaba el general Flinter. El resto de las tropas ocupaban el centro de la villa, la Casa Academia y la de la Superintendencia, el Hospital de Mineros y las tapias del pueblo desde donde, con repetidas descargas de fusilería, trataban de contener el avance de las tropas.

El tiroteo siguió con viveza hasta las diez de la mañana, cuando empezó a escasear la munición, y se vio la necesidad de economizarla a la espera del asalto. El general Gómez, ante la dura resistencia, trató de convencer a los sitiados de que ya habían cumplido con su deber de defensa, y que no esperasen recibir ayuda.

El alcalde de Almadén, Manuel Molina, intimidado por los carlistas, entregó una nota del rebelde Gomez a Puente, y le pidió entre lágrimas en nombre del vecindario que pusiera término a la desastrosa situación, a lo que éste contestó: “diga usted a Gómez que aún no he llenado los deberes que el honor me impone, y a los vecinos que no es mía la culpa de su infortunio”. A las cuatro de la tarde atacaron con fuerza la plaza de los toros, incendiando algunas de las casas exteriores pero Flinter logró repeler el ataque.

(Continuará)

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