Ballard, el descarnado, siete años después

Autor profundamente pesimista que cultivó el catastrofismo en historias frías e incómodas pero cuya calidad ha trascendido el género, se cumplen ya siete años del fallecimiento de James Ballard, considerado uno de los autores más influyentes de la ciencia ficción británica contemporánea.

La exótica y agitada infancia de este autor, que nació en la ciudad china de Shanghai adonde se había desplazado su familia por la actividad laboral de su padre, no sólo marcó decisivamente su personalidad sino que inspiró la novela autobiográfica por la que saltaría a la fama entre el gran público, especialmente gracias a la versión cinematográfica homónima de Steven Spielberg: El imperio del sol.

El libro, que se publicó en 1984, relata la dramática experiencia que vivió junto a su familia cuando ésta fue ingresada, igual que el resto de civiles británicos en la zona, en un campo de concentración japonés tras la invasión de China por el Ejército Imperial.

Sin embargo, Ballard ya había logrado consolidar una singular carrera literaria que le llevó a ser incluido entre los mejores autores de la conocida como New Wave de la Ciencia Ficción británica en la segunda mitad del siglo XX, hasta el punto de generar un adjetivo propio, “ballardiano”, para definir el estilo de sus obras.

Tras la Segunda Guerra Mundial, su familia se trasladó al Reino Unido y comenzó a estudiar medicina en la Universidad de Cambridge con la intención de licenciarse en psiquiatría, interesado como estaba en el funcionamiento tanto del cuerpo como de la mente, pero nunca llegó a terminar la carrera en lo que consideraba como aburrida y monótona sociedad británica de postguerra, pues le atraía mucho más escribir para exorcizar sus propios demonios interiores.



“Teniendo en cuenta que la realidad exterior es una ficción, el papel del escritor es casi superfluo…, no necesita inventar la ficción porque ésta ya se encuentra allí”, dejó escrito.

Necesitaba recursos para subsistir así que alternó su ocupación literaria, hasta que pudo dedicarse plenamente a ella, con diversas experiencias vitales incluyendo su ingreso en la Royal Air Force donde pudo satisfacer su fascinación por los aviones convirtiéndose en un piloto de la fuerza aérea británica.

Su primer relato publicado, Prima Belladonna, data de 1956 y apareció en la revista New Worlds, editada por Edward John Carnell (que también dirigía Science Fantasy), quien le apoyó en todo momento.

Siempre fue consciente de las dificultades de publicar porque “cualquier tonto puede escribir una novela, pero hay que ser un genio para venderla” según sus propias palabras, lo consiguió por primera vez en 1962, cuando la aparición de El mundo sumergido inició la publicación de una serie de textos de catástrofes medioambientales que sin duda servirían como inspiración a los embrionarios movimientos ecologistas contemporáneos.

En esta primera novela, que publicó mientras trabajaba como adjunto a la dirección para una revista científica, un aumento de las temperaturas ha causado el derretimiento de los casquetes polares y una espectacular subida del nivel de las aguas, por lo que un grupo de militares y científicos se dedica entre otras cosas a rescatar a los supervivientes de la catástrofe entre los restos apenas emergidos de antiguas ciudades.

El mismo año publicó “El viento de la nada”, también conocida como “Huracán Cósmico”, en el que una salvaje sucesión de tormentas de vientos que alcanzan los 900 kilómetros por hora arrasan la Tierra.



En 1965, apareció La sequía, otro texto apocalíptico que esta vez gira en torno al agotamiento del agua potable como recurso debido a la contaminación masiva de los mares y, un año más tarde, le tocó el turno a El mundo de cristal donde un médico descubre en África que el planeta está cristalizándose literalmente.

Esta obsesión por relatar el fracaso y desmoronamiento de la civilización humana dio un paso más allá con la aparición de La exhibición de atrocidades, un libro difícil compuesto como un collage de pequeñas historias que no muestra piedad alguna por los lectores relajados.

El protagonista es un médico que trabaja en una institución mental y ante cuya mirada desfilan todo tipo de entrañas tanto físicas como psíquicas en un ambiente enfermizo y repleto de obsesiones de todo tipo: desde la velocidad y el sexo retorcido, hasta la violencia, la guerra y las máquinas.

No es extraño que una de sus novelas posteriores de mayor éxito sea Crash, que combina y desarrolla su atracción por la sexualidad y los automóviles, ya que sus personajes padecen sinforofilia: es decir, se excitan sexualmente observando o simulando un desastre de cualquier tipo que, en este caso, se centra en los accidentes automovilísticos.

Para que quede mayor constancia de su proyección personal en esta historia descrita por él mismo como “de género apocalíptico y donde el sasomasoquismo y la obsesión por el sexo y la tecnología automovilística se mezclan de manera obsesiva e insana” y que fue llevada al cine con gran polémica por David Cronenberg, el personaje protagonista se llama precisamente… James Ballard.



Tras su incursión por la literatura más generalista, gracias al impulso del Imperio del sol (por cierto, el chaval que protagoniza la historia se llama también como él), en sus últimos años insistió en sus historias de demolición y apocalipsis como Fuga al paraíso (1994) donde el fin del mundo se centra en un atolón del Pacífico o Noches de cocaína (1996), una distopía ambientada en la Costa del Sol.

La degeneración social alcanza cumbres de paroxismo en otros textos como Rascacielos (2003) donde la comunidad de vecinos se entrega directamente al “sálvese quien pueda” cuando fallan los servicios de mantenimiento de un gigantesco edificio casi autosuficiente.

El ambiente malsano de muchas de sus historias, la exigencia literaria a lectores más acostumbrados a simples historias de aventuras espaciales y el tono desesperanzado e incluso deshumanizado que adoptan la mayoría de sus personajes han relegado a Ballard fuera de la lista de autores más populares, incluso dentro de la propia Ciencia Ficción.

No obstante, su lectura es una experiencia novedosa, sobre todo para los aficionados en busca de un estilo original que puedan aceptar la autodefinición de “terrorista literario” que él mismo se impuso.

Buscando una justificación para su propio trabajo, llegó a decir que “me gustaría resumir mi temor sobre el futuro en una palabra: aburrimiento… Es lo único a lo que temo, pensar que todo ya ha sucedido, que nada nuevo, excitante o interesante va a surgir ya”.

Murió víctima de un cáncer de próstata, enfermedad que comunicó al mundo en su autobiografía Milagros de Vida aparecida en 2008, el año anterior a su fallecimiento

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