La respiración de gases de mercurio

“Es tan dañoso a los nervios el vapor (de mercurio) que de sus mineras expira, que por gallardo y robusto que sea el obrero, si trabaja cuatro años en ellas, al cabo dellos le tiemblan las manos y la cabeça, y no es mas de prouecho” dice Andrés Laguna en 1570.

“Almadén. Mina de azogue en España, en Andalucía, que genera al rey cada año casi dos millones de libras, y la pérdida de muchos hombres” dice Jaucourt Baron en 1751 en la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert. Triste resumen de lo que significa la mina en el siglo XVIII.

Gases de mercurio

Los efectos que produce en el ser humano la respiración de gases de mercurio ha sido el mayor riesgo para los trabajadores de las minas de Almadén, “…ninguna peste conduce a aquellos (mineros) a su extrema perdición de manera más espantosa que la que brota de las minas de mercurio”. Bernardino Ramazzini, 1700.

La intoxicación por mercurio, que conduce a la enfermedad conocida como hidrargirismo, es un proceso lento y, a partir de cierto punto, irreversible. “Lo primero que se resienten los operarios es en la dentadura, las encías y las quijadas, con algo de aturdimiento de cabeza; y á esto es lo que llaman ponerse modorros. Después son atacados en los nervios de sus extremidades, produciendo un temblor continuo en los brazos, en las piernas o en el cuello, y algunas veces en todas estas partes a un tiempo. El último grado del azogado son los calambres convulsivos, semejantes a los del cólera-morbus; enfermedad horrible y espantosa. Por otra parte, aun cuando no se manifiesten estos efectos en todos los individuos, como que su sistema nervioso se halla siempre conmovido, están naturalmente predispuestos a las pasiones que son consiguientes; mucha irascibilidad en sus cuestiones y desavenencias; una lujuria extraordinaria.” Ilustrativa descripción de la evolución de enfermedad de los mineros realizada por Joaquín Ezquerra en 1839. Muchos de ellos, incapaces de ganarse la vida, se convierten en mendigos azogados que piden limosna para sobrevivir.

Los tratamientos a los enfermos siempre fueron poco efectivos, especialmente cuando la enfermedad estaba avanzada. Las medidas más acertadas fueron sin duda las preventivas, como las tomadas en los años 80 para la limitación de la exposición al mercurio. La jornada se limitó a 8 jornales al mes de 6 horas cada uno. Además los mineros eran sometidos también a exploraciones y controles de sangre y orina, y se les retiraba del puesto de trabajo en cuanto presentaban algún síntoma de intoxicación. Estas medidas permitieron que no se diagnosticasen nuevos casos desde 1986.

El tratamiento más conocido de los que se administraban en el hospital de Mineros de San Rafael era el baño de vapor, conocido como cajón o caja Kelloj. “El paciente es encerrado en una caja hexagonal que solo le deja fuera la cabeza. Las paredes interiores están cubiertas de espejos y de 62 bombillas de 40 W, que cuando se encienden, alcanzan una temperatura de 40º a 60º C. El hidrargírico permanece durante 20 min sudando, arrojando por todos los poros el vapor nocivo que le inundó en los poros. Al día siguiente se le somete al calor de la playa artificial, lograda por 4 lámparas ultravioleta y otras tantas de rayos infrarrojos”, nos describe Eliseo Bayo en 1968.

Es curiosa la anécdota ocurrida en 1923 durante una recepción del rey Alfonso XIII. Una delegación de las minas de Almadén, encabezada por el doctor Manuel Fernández Aldana, acudió a visitar al rey, quien saludó muy especialmente a los tres enfermos de hidrargirismo que formaban parte del grupo. Uno de ellos, Hermenegildo Valero Cantón, al estrechar la mano del monarca la retuvo tan férreamente que no hubo manera de separarlas durante varios larguísimos segundos. La enfermedad avanzada que padecía y la enorme emoción que sentía se lo impidieron. El rey quedó impresionado por las explicaciones del grupo y ofreció concederle una gracia al minero quien contestó: “Que me traigan a mi Caco”. De nuevo se interesó el rey con la misteriosa frase. Le explicaron que Hermenegildo tenía un hermano, llamado Eustaquio y apodado “Caco”, que estaba en el servicio militar y Hermenegildo necesitaba que le ayudase en el campo, pues en su estado de salud no podía hacerlo solo. El rey ordenó que se licenciase al militar para que volviese a Almadén a trabajar.

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