Los asteroides y la “Gravedad”

No podía faltar este año el manoseado toque de alarma espacial: un “peligroso asteroide se aproxima a la Tierra”. No sólo eso. Los astrónomos rusos que lo bautizaron con el “nombre” de 2013 TV135, dicen que el objeto cósmico volverá a nuestros alrededores en su órbita elíptica para el año 2032.

Según el viceprimer ministro ruso, Dimitri Rogozin, se trata de un cuerpo de 400 metros de diámetro lo cual, de ocurrir un impacto, supondría la explosión de dos mil bombas atómicas que acabaría con todo en nuestro planeta.

A no asustarse. Los mismos científicos rusos dicen que ese cuerpo informe pasará a unos 6,7 millones de kilómetros de la Tierra, es decir unas 20 veces la distancia que separa a la Tierra de la Luna.

Eso significa que las posibilidades de un terrible “encuentro cercano” son de 1 en 63.000.

A su vez la NASA, dice estar un 99,998 por ciento segura de que el 2013 TV135 volverá a acercarse de manera inofensiva en 2032. Y en una escala que utiliza la agencia espacial estadounidense para medir la amenaza ésta dice que es de uno en diez…es decir que “no existe ningún nivel de peligro”.

Es que los asteroides que rondan nuestro Sistema son millones y algunos se han acercado mucho más y de manera inofensiva. El pasado 15 de febrero uno de ellos, con un peso de 200.000 toneladas, pasó a unos 27.000 kilómetros de la Tierra.

Suma y sigue. Este mes de noviembre habrá otro que se aproxime hasta unos 19 millones de kilómetros y dos meses después uno más lo hará a unos ocho millones de distancia.

Respiremos aliviados. La NASA dice que no existe posibilidad alguna de que esos monstruos nos lleguen a rozar.

Un mayor peligro lo representan los meteoritos que son más pequeños pero más numerosos y que cruzan la atmósfera como estrellas fugaces que vemos durante las noches de cielo límpido. Basta recordar el que en febrero de este año cayó con la fuerza de una bomba atómica sobre los Montes Urales en Rusia. El impacto enceguecedor destrozó ventanales y causó heridas a más de mil personas.

Esos cuerpos se suman a la creciente basura espacial atraídos a la Tierra por la fuerza de gravedad, lo cual me recuerda la película con ese nombre que se exhibe en todo el mundo con el atractivo de George Clooney y Sandra Bullock, que representan a dos astronautas de la NASA, diestros, heroicos y desinteresados al mejor estilo de Hollywood. 

Alfonso Cuarón, director de “Gravity”. EFE/Warren Toda 
 
 

La película nos ayuda a apreciar la belleza de la Tierra desde el espacio, conocer las dificultades de la exploración en el cosmos y nos entretiene aun cuando sus creadores no respetaron mucho la realidad o la verdad científica.

El drama comienza cuando un proyectil ruso (tenían que ser los rusos) derriba un satélite esparciendo los escombros de la colisión en una órbita que, en la inmensidad espacial, coincide con la del telescopio espacial en reparación.

Los restos a la velocidad de una bala se estrellan contra el observatorio astronómico, lo destruyen y lanzan a la deriva espacial al veterano Matt Kowalsky (Clooney) y a la inexperta astronauta Ryan Stone (Bullock).

Hasta allí todo bien. Lo ridículo comienza cuando ambos protagonistas están unidos por una especie de cuerda y Kowalsky en un acto de heroicidad, frente a Stone, decide sacrificarse y soltar la amarra para vagar por el espacio por toda la eternidad.

Pero antes, en un acto estilo Hollywood, se da maña para admirar la belleza de su compañera y suelta la amarra en in fraganti violación de una ley física universal: la de la inercia… que dice que si un objeto está en movimiento tenderá a mantener ese movimiento si no hay nada que lo impida y que si está inmóvil continuará inmóvil. Un pequeño tirón de la cuerda le habría bastado al “veterano” astronauta para acercarse y abrazar a su compañera de misión.

Los directores de la película tampoco se preocuparon de la realidad y la astronauta se traslada de una nave a otra como si todas estuvieran en el mismo barrio, es decir a poca distancia y a la misma altura de órbita. El telescopio está a unos 550 kilómetros de la Tierra y la Estación Espacial Internacional a unos 100 kilómetros de distancia. Pero ambos giran en órbitas diferentes.

Pero eso de las distancias y las órbitas diferentes no arredran a la singular astronauta que se traslada de una nave a otra como quien cambia de autobuses. Y, aunque inexperta en esto de los viajes del espacio, va de una nave estadounidense, a una rusa y luego a una china.

Hay más fallos pero no los desvelo para no alterar el suspenso de los que no hayan visto la película. Pero les advierto de que de ciencia no aprenderán mucho.

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