Treinta años sin Alfred Bester, el periodista escritor

En 2017 se cumplen treinta años de la muerte del norteamericano Alfed Bester quien, con sólo dos grandes novelas y un puñado de relatos, logró pasar a la historia de la Ciencia Ficción como uno de los grandes maestros del género de todos los tiempos.

Nacido en la ciudad de Nueva York, de padres emigrantes procedentes de Austria, Bester fue, en realidad, un periodista que tocó muchos géneros, en general con éxito pero sin perseverar especialmente en ninguno de ellos, poseído como estaba por un constante afán de experimentación y exploración literaria.

Su primera publicación de género data de abril de 1939, cuando ganó un concurso de relatos de la revista Thrilling Wonder Stories con El axioma roto; fue el mismo concurso al que pensaba presentarse otro de los principales autores de todos los tiempos, Robert A. Heinlein, en aquel momento otro jovencito en busca de la gloria literaria, con su La línea de la vida.

No lo hizo porque el premio de Thrilling Wonder Stories era de 50 dólares y en la revista Astounding Science Fiction le ofrecieron 70; muchos años después, Bester entrevistó a Heinlein y cuando éste le contó la anécdota el primero se lo tomó con humor: “así que yo gané el concurso pero tú me ganaste por 20 dólares”.

Pero no fue sólo el dinero: gracias al concurso, Bester se introdujo en el sector, pudo conocer a varios autores de ciencia ficción entonces en boga y continuar escribiendo y publicando…, incluso en Astounding.

En 1942, dos de sus editores fueron a trabajar en DC comics y le propusieron acompañarle en calidad de guionista, trabajo que desarrolló para las series de ‘Superman’ y ‘Linterna Verde’, entre otros títulos.



Menos conocida es su labor como guionista de los famosos personajes de Lee Falk mientras éste estuvo enrolado en el ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial: The Phantom -que en España se publicó durante muchos años con el nombre de El hombre enmascarado– y Mandrake el mago.

De los comics saltó a la radio, donde trabajó también como guionista en series con mucha audiencia como La sombra o Charlie Chan, entre otros, y cuando apareció la televisión también empezó a escribir para ella.

En su constante ir y venir entre distintos medios y géneros, en los años 50 se relacionó con autores tan potentes como Isaac Asimov, Theodore Sturgeon o James Blish y publicó varios relatos, antes de escribir su primera obra maestra: El hombre demolido,  novela publicada por vez primera en tres partes en 1952 en la revista Galaxy Science Fiction  y que tuvo tal impacto que al año siguiente recibió el honor de ser la primera ganadora de los hoy míticos Premios Hugo.

El hombre demolido consolidó el subgénero de telépatas al describir el peculiar duelo entre Ben Reich -una de las personas más ricas del Sistema Solar, que comete un “crimen imposible” al asesinar a su rival en una sociedad, la del siglo XXIV, en la que la presencia de policías capaces de leer la mente en teoría previene e impide cualquier homicidio- y Lincoln Powell -el policía telépata que busca resolver el asesinato.

La novela contiene golpes originales e incluso brillantes, como cuando Reich encarga una pegadiza melodía publicitaria en un estudio especializado justo antes de entrevistarse con Powell, para que el “ruido mental” que genere impida al telépata sondearle.

La influencia de los “espers” -los telépatas son llamados así por las siglas ESP: Extra Sensorial Perception- fue profunda en las obras posteriores de ciencia ficción hasta el punto de que algunas le dedicaron homenajes tan obvios como el PsiCop -policía psíquico- Alfred Bester de la serie televisiva ‘Babylon 5’.



Siempre en busca de nuevos campos que explorar, nuestro hombre cambió de registro en 1953 publicando Who he?, también conocida como The rat race, en la que resumió algunas de sus experiencias como guionista de programas de televisión; aunque no tuvo demasiado éxito, le permitió ganar mucho dinero, entre otras cosas porque vendió los derechos para su adaptación al cine si bien nunca se rodó la película prevista.

Tres años después regresó al género con una obra tan redonda que a día de hoy continúa figurando como una de las mejores novelas de ciencia ficción de todos los tiempos: Las estrellas, mi destino, más conocida por su otro título ¡Tigre, tigre! y en la que la clave ya no es la telepatía sino el “jaunteo” o capacidad de teleportarse a uno mismo a voluntad.

El protagonista, Gully Foyle, es un mediocre mecánico y único superviviente del ataque a su nave espacial, la Nomad; otra nave, la Vorga, encuentra los restos de la Nomad donde malvive el náufrago cósmico pero pasa de largo sin recogerle, lo que encoleriza a Foyle hasta el punto de desatar una metamorfosis interior que termina salvándole la vida a costa de marcar en él un obsesivo deseo de venganza contra toda su tripulación.

Suele compararse esta novela con El Conde de Montecristo y a Foyle con Edmundo Dantés, el protagonista de la novela de Alexandre Dumas, pero Bester reconoció que su inspiración primera fue un marinero de un buque británico que naufragó en una balsa durante la Segunda Guerra Mundial y permaneció allí 133 días: un barco se acercó a rescatarle pero al darse cuenta de que era chino lo dejó abandonado, quizá por pensar que era un señuelo para ser atraído y torpedeado por un submarino japonés.

Siendo periodista, Bester dejó de escribir novelas tras ser contratado por la revista de viajes ‘Holiday’, para la que empezó a publicar artículos y entrevistas con personajes tan populares como Sofía Loren o Sir Edmund Hillary; con el tiempo se convirtió en su redactor jefe e introdujo algunos elementos de ciencia ficción como el encargo a Arthur C. Clarke para que escribiera un artículo describiendo un viaje turístico a la Luna.



En 1972 decidió de nuevo regresar al género y esta vez a tiempo completo, pero su momento había pasado y sus nuevos textos no obtuvieron el mismo éxito ni reconocimiento: él mismo había dejado su listón demasiado alto; para colmo, su vista comenzó a fallar y escribir se convirtió en una tarea cada vez más complicada.

Sin embargo, sus relatos y sus dos grandes novelas de género adquirían mayor fama a medida que pasaba el tiempo y en 1985 le comunicaron que sería el invitado de honor en la WorldCon de 1987 a celebrar en Brighton, Reino Unido; además, la Asociación de Escritores de CF de Estados Unidos (SFWA) había decidido entregarle el título de Gran Maestro por su corta pero intensa carrera.

Entonces sufrió un accidente casero: se cayó y se rompió la cadera; las complicaciones posteriores terminaron por agotar su vida y falleció el mismo año de 1987.

Cuenta la leyenda que Bester no tenía hijos, así que lo dejó todo a su barman y amigo, Joe Suder, pero también legó algunos consejos para futuros escritores, el más importante de los cuales era que lo esencial en una carrera literaria no es el estilo ni las técnicas de escrotira, sino la fidelidad a uno mismo y a sus propios intereses como autor.

Así lo cumplió en su obra, que gira casi en su totalidad alrededor de los dos grandes temas que le apasionaban en el género: los poderes paranormales y los viajes en el tiempo, así como las consecuencias de ambos.



En ese sentido, Bester siempre se interesó por el aspecto humano de sus personajes y cómo les afectaba la maravilla tecnológica de turno, más que por esa maravilla en concreto.


Por ello, está considerado como uno de los grandes representantes de la cf soft o blanda -por contraposición a la hard o dura, que da especial relevancia a la credibilidad de los artefactos técnicos y los datos científicos de la obra-.


Hoy le recordamos con la frase de Harry Harrison, que le definió como “uno de esos pocos escritores que fue capaz de redefinir y crear la ciencia ficción contemporánea”.

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