INVESTIGACIÓN NEOLÍTICO

Hace 5.000 años ya había diferencia de clases sociales

Que siempre ha habido clases, ya es sabido pero que las diferencias sociales pueden remontarse al Neolítico (hace unos 5.000 años) es una de las hipótesis que baraja un estudio realizado a partir del análisis de los restos hallados en enterramientos funerarios del norte de la Península Ibérica.

<p>Crédito: Teresa Fernández-Crespo </p>

Crédito: Teresa Fernández-Crespo

La investigación, publicada en PLOS ONE, ha sido realizado por investigadores del Departamento de Genética Antropología Física y Fisiología Animal de la UPV/EHU y de la School of Archaeology de la Universidad de Oxford.

En estudios anteriores, Teresa Fernández-Crespo, autora principal de este trabajo, había encontrado diferencias demográficas entre las personas enterradas en dólmenes y las enterradas en cuevas: en los dólmenes abundaban los varones adultos y en las cuevas eran más frecuentes los niños y las mujeres.

Esta variabilidad funeraria se repite en todo el continente europeo pero “queríamos saber por qué se enterraba a unos individuos en unas estructuras o en otras”, ha dicho a Efe la investigadora.

Los investigadores analizaron los restos óseos enterrados en dólmenes y cuevas de la Rioja Alavesa hace entre 3.500 y 2.900 años para determinar el tipo de alimentación que seguían esos individuos.

La dieta, un indicador cultural y social


Y es que la dieta “es también un comportamiento cultural y social condicionado por diversos parámetros. Por ello, sabíamos que a través de los patrones de alimentación podríamos entrever algo de la estructura social y del tipo de sociedades que se enterraban en esos lugares”, aclara Fernández-Crespo.

A través del análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo, los investigadores determinaron que ambas poblaciones (las enterradas en dólmenes y en cuevas) seguían dietas bastante parecidas basadas en el consumo de animales (principalmente domésticos) y plantas de clima mediterráneo, “probablemente cereales como el trigo y la cebada, que son las más comunes en la Iberia desde el Neolítico hasta la Edad de Bronce”.

Sin embargo, el estudio reveló una diferencia muy significativa en los valores isotópicos del carbono entre cuevas y dólmenes, “mostrando las cuevas los valores más empobrecidos”, apunta.
Dolmen neolítico de la Rioja alavesa. Crédito: Teresa Fernández-Crespo (UPV/EHU)Dolmen de la Rioja Alavesa. Crédito: Teresa Fernández-Crespo


Los investigadores creen que los valores empobrecidos mostrados por los individuos enterrados en cuevas sugieren que estas personas hacían un mayor uso de los lugares boscosos.

En los bosques “se produce una acumulación de dióxido de carbono empobrecido en el isótopo pesado del carbono -fruto de la propia respiración de los vegetales y animales y de la descomposición de la materia orgánica-, que genera valores más negativos que los de los valles, que son espacios abiertos”, explica.

El hallazgo demuestra un uso diferenciado del paisaje en una región relativamente pequeña en la que unos vivieron y enterraron a sus muertos en cuevas y otros lo hacían en dólmenes.

Pero ¿quién vivía en los bosques y quién en los valles?


Los investigadores barajan dos hipótesis: que un mismo paisaje estuviera habitado por dos comunidades distintas con distintos rituales y economías de subsistencia o que se trate de una misma comunidad con cierta especialización (pastoreo en la sierra o agricultura en el valle) o con diferencias de estatus social que marcaban el modo de vida y de enterramiento.

Y aunque hay pocas maneras de determinar el origen o explicación de estas diferencias, “otros estudios en Francia y Reino Unido también han hallado nexos entre el tipo de enterramiento y la dieta pero lamentablemente ambos estudios están limitados a un número de muestras muy pequeñas”, insuficientes para ser concluyentes.
Sin embargo, “aunque todavía no se puede hablar de diferencia de clases como en la Edad de Bronce, ya se percibe cierta diferenciación social según la actividad económica desempeñada por los individuos o por su propia valía dentro del grupo”, afirma la investigadora.

Lo que está claro es que hay un uso compartimentado del paisaje que puede reflejar diferencias culturales entre dos poblaciones o diferencias socioeconómicas en un mismo grupo pero, en cualquier caso, “el estudio refleja desigualdades sociales muy tempranas”, concluye. EFE
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Publicado en: Ciencia
La investigación, publicada en PLOS ONE, ha sido realizado por investigadores del Departamento de Genética Antropología Física y Fisiología Animal de la UPV/EHU y de la School of Archaeology de la Universidad de Oxford.

En estudios anteriores, Teresa Fernández-Crespo, autora principal de este trabajo, había encontrado diferencias demográficas entre las personas enterradas en dólmenes y las enterradas en cuevas: en los dólmenes abundaban los varones adultos y en las cuevas eran más frecuentes los niños y las mujeres.

Esta variabilidad funeraria se repite en todo el continente europeo pero “queríamos saber por qué se enterraba a unos individuos en unas estructuras o en otras”, ha dicho a Efe la investigadora.

Los investigadores analizaron los restos óseos enterrados en dólmenes y cuevas de la Rioja Alavesa hace entre 3.500 y 2.900 años para determinar el tipo de alimentación que seguían esos individuos.

La dieta, un indicador cultural y social


Y es que la dieta “es también un comportamiento cultural y social condicionado por diversos parámetros. Por ello, sabíamos que a través de los patrones de alimentación podríamos entrever algo de la estructura social y del tipo de sociedades que se enterraban en esos lugares”, aclara Fernández-Crespo.

A través del análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo, los investigadores determinaron que ambas poblaciones (las enterradas en dólmenes y en cuevas) seguían dietas bastante parecidas basadas en el consumo de animales (principalmente domésticos) y plantas de clima mediterráneo, “probablemente cereales como el trigo y la cebada, que son las más comunes en la Iberia desde el Neolítico hasta la Edad de Bronce”.

Sin embargo, el estudio reveló una diferencia muy significativa en los valores isotópicos del carbono entre cuevas y dólmenes, “mostrando las cuevas los valores más empobrecidos”, apunta.
Dolmen neolítico de la Rioja alavesa. Crédito: Teresa Fernández-Crespo (UPV/EHU)Dolmen de la Rioja Alavesa. Crédito: Teresa Fernández-Crespo


Los investigadores creen que los valores empobrecidos mostrados por los individuos enterrados en cuevas sugieren que estas personas hacían un mayor uso de los lugares boscosos.

En los bosques “se produce una acumulación de dióxido de carbono empobrecido en el isótopo pesado del carbono -fruto de la propia respiración de los vegetales y animales y de la descomposición de la materia orgánica-, que genera valores más negativos que los de los valles, que son espacios abiertos”, explica.

El hallazgo demuestra un uso diferenciado del paisaje en una región relativamente pequeña en la que unos vivieron y enterraron a sus muertos en cuevas y otros lo hacían en dólmenes.

Pero ¿quién vivía en los bosques y quién en los valles?


Los investigadores barajan dos hipótesis: que un mismo paisaje estuviera habitado por dos comunidades distintas con distintos rituales y economías de subsistencia o que se trate de una misma comunidad con cierta especialización (pastoreo en la sierra o agricultura en el valle) o con diferencias de estatus social que marcaban el modo de vida y de enterramiento.

Y aunque hay pocas maneras de determinar el origen o explicación de estas diferencias, “otros estudios en Francia y Reino Unido también han hallado nexos entre el tipo de enterramiento y la dieta pero lamentablemente ambos estudios están limitados a un número de muestras muy pequeñas”, insuficientes para ser concluyentes.
Sin embargo, “aunque todavía no se puede hablar de diferencia de clases como en la Edad de Bronce, ya se percibe cierta diferenciación social según la actividad económica desempeñada por los individuos o por su propia valía dentro del grupo”, afirma la investigadora.

Lo que está claro es que hay un uso compartimentado del paisaje que puede reflejar diferencias culturales entre dos poblaciones o diferencias socioeconómicas en un mismo grupo pero, en cualquier caso, “el estudio refleja desigualdades sociales muy tempranas”, concluye. EFE

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