MISIÓN ROSETTA

La ‘pequeña metamorfosis’ del cometa 67P en su acercamiento al sol

La sonda europea Rosetta persiguió al cometa 67P en su acercamiento al sol entre 2014 y 2015 para fotografiar su superficie y conocer los cambios que éste experimenta en ese viaje, una ‘pequeña metamorfosis’ con erosión de materiales, derrumbe de colinas o desplazamiento de grandes masas rocosas.

<p>Chorros de polvo emergiendo del núcleo del cometa. Imagen facilitada por la ESA y captada por el instrumento OSIRIS. MPS/UPD/LAM/IAA/SSO/INTA/UPM/

Chorros de polvo emergiendo del núcleo del cometa. Imagen facilitada por la ESA y captada por el instrumento OSIRIS. MPS/UPD/LAM/IAA/SSO/INTA/UPM/DASP/IDA.

Así lo desvelan dos estudios publicados ahora en las revistas Science y Nature Astronomy, que describen los cambios sufridos por el cometa en la superficie en su camino al perihelio, la región de la órbita más cercana al sol (186 millones de kilómetros que alcanzó en la madrugada del 13 agosto de 2015).

Los estudios ponen de manifiesto que el cometa vivió en su pasado un período de actividad mucho más intenso del que ha podido documentar Rosetta.

Los cometas tienen la misma edad que el resto de cuerpos del sistema solar, unos 4.500 millones de años. Son pequeños cuerpos helados de los que se sabe que adoptan su apariencia característica -visible desde Tierra- cuando se aproximan al sol: sus hielos subliman y emergen la cola de polvo e iones y la coma de gas, una envoltura gaseosa que rodea al núcleo.

Sin embargo, de ellos quedaban y quedan muchos detalles por conocer, de ahí que la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzara en 2004 Rosetta, cargada con varios instrumentos, entre ellos Osiris, con dos cámaras de alta resolución (con participación española).

La misión Rosetta hibernó durante 31 meses, despertó (enero de 2014), viajó con 67P/Churyumov-Gerasimenko a modo de satélite artificial e incluso lanzó un módulo -Philae- a la superficie del mismo, y terminó en septiembre de 2016, cuando la hicieron colisionar con su cometa.

Pero aún sigue haciendo ciencia: envió a tierra miles de imágenes que los científicos siguen analizando.

67P, como un pato de goma

Gracias a las imágenes de Osiris, los investigadores, por ejemplo, concluyeron en 2015 por qué 67P tiene esa peculiar forma que se asemeja a la de un pato de goma: está formado por dos cometas independientes que chocaron a baja velocidad en el sistema solar primitivo, permaneciendo unidos después de ese evento.

También constataron, a través del instrumento Rosina, la existencia de ingredientes clave para el origen de la vida, como la glicina, un aminoácido que suele encontrarse en las proteínas, y fósforo, un elemento fundamental del ADN y las membranas celulares.

El cometa 67P y, a la derecha, éste visto desde distintas orientaciones, con las regiones delimitadas. ESA.

El cometa 67P y, a la derecha, éste visto desde distintas orientaciones, con las regiones delimitadas. ESA.

Ahora, los investigadores, entre ellos españoles, han centrado sus análisis en un registro de imágenes de dos años de la superficie del cometa, que abarca su aproximación al sol, el desarrollo de la actividad, alejamiento del sol y recesión de dicha actividad.

Cambios en varias regiones del cometa

La geomorfología del cometa ha permitido establecer regiones y en las de Seth y Ash se han visto derrumbamientos de cordilleras -de baja altura- y en la de Khonsu, desplazamiento de grandes masas rocosas: una roca de más de 20 metros de lado y con un peso equivalente en la Tierra de 250 kilos se movió unos 140 metros, señala el CSIC en una nota.

Luisa María Lara, investigadora del CSIC en el Instituto de Astrofísica de Andalucía y firmante del artículo en Science, detalla a Efe que previsiblemente esto se debió a eventos explosivos ocurridos por el calentamiento de la superficie y subsuperficie que produjeron un chorro de gas y polvo de duración corta, pero de alta intensidad.

Osiris también ha mostrado la prolongación en 30 metros de la fractura de más de medio kilómetro de largo que existe en el cuello del cometa -parte más fina del cometa, el cuello del pato, y que se supone es la unión de los dos cometas que lo forman-. Además, se han visto nuevos resquebrajamientos en paralelo a esta fractura.

Según Lara, esto puede deberse a que cuando el cometa pasa cerca del sol su período de rotación aumenta y esto puede ocasionar tensiones en esa región lo que a su vez termina dando lugar a la rotura de fracturas pre-existentes e incluso aparición de nuevas.

Como una obra de teatro

También se ha observado el transporte de material no consolidado, que ha dejado al descubierto terrenos ocultos: en la región de Imhotep se desvelaron estructuras circulares similares a otras que aparecieron y desaparecieron en otra región (Hapi).

“Es como una obra de teatro. El telón está echado, pero en cuanto se acerca al sol el cometa desvela sus secretos y cuando se aleja, si bien algunos cambios son perennes, muchos los vuelve a ocultar dejando un panorama muy similar al que había antes del perihelio”, resume la investigadora española.

En el artículo de Nature Astronomy se documenta uno de estos cambios en concreto, la relación “inequívoca” al acercarse al sol entre un estallido y el derrumbamiento masivo de una cordillera.

Pese a todos estos cambios, Lara insiste en que todos resultan locales y no han afectado a los grandes accidentes geográficos de 67P, es decir, a su peculiar forma de pato de goma, lo que indica que la orografía del cometa se fraguó en una etapa anterior en la historia del cometa.

Los estudios revelan que el cometa vivió en su pasado un período de actividad mucho más intenso del que ha podido documentar Rosetta.

De Osiris de han analizado entre el 30 y 40% de las imágenes, quedan muchas, aunque las grandes conclusiones ya están publicadas, apunta Lara, quien recuerda que conocer los cometas es conocer nuestro sistema solar: la mayor parte de su vida la han pasado lejos del sol y preservan muchas características originales. Sus hielos retienen lo que hubo y ocurrió hace 4.500 millones de años.

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Publicado en: Espacio

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