CONTAMINACIÓN MADRID

Un microscopio casero contra la contaminación del aire

“Hace 100 o 500 años los científicos no vivían de ello, eran ciudadanos, aficionados que en sus ratos libres hacían ciencia” dice Daniel Lombraña, fundador y CEO de SciFabric, una empresa que se dedica a devolver la ciencia a la sociedad de una forma asequible en la que cualquiera pueda ser participe de ella.

 

En la imagen, una trabajadora del centro. Foto de archivo. EFE/Juan Herrero.En la imagen, una trabajadora del centro. Foto de archivo. EFE/Juan Herrero.

Esta semana Lombraña, junto con el profesor En-Te Hwu, del Instituto de Física de la Academia Sinica de Taipei (Taiwán), presentarán a estudiantes de instituto en Medialab Prado (Madrid) uno de sus últimos proyectos, un microscopio ‘casero’ con el que cualquiera puede ayudar a los científicos a saber si en el aire de su zona hay partículas contaminantes y nocivas para el ser humano.

Se trata de un microscopio de fuerza atómica que normalmente cuesta entre 50.000 y 200.000 dólares pero cuyo precio han conseguido rebajar hasta los 3.000 dólares, un presupuesto que lo hace accesible para instituciones educativas o similares, donde jóvenes estudiantes puedan ser partícipes de la ciencia y aprender en primera persona.

“Funciona igual que un microscopio normal”, explica Lombraña, quien disecciona el proceso de la detección de estas partículas en dos fases.

En la primera, aquellos que tengan a mano el microscopio tendrán que pelar un CD, que hará las veces de soporte de la muestra, que se tomará dejando el CD en la ventana durante un tiempo, en el que las partículas contaminantes, si las hubiera, se posarían en su superficie.

A partir de ahí se fotografía la visión obtenida del CD con el microscopio, que tiene una punta de 50 nanómetros -el diámetro de un cabello es de 75.000 nanómetros, para comparar-, una sensibilidad que permite registrar estas minúsculas partículas.

Entonces llega la segunda fase, en la que el ciudadano sube esa foto a la web (crowdcrafting.org) y desde ahí los científicos que estén investigando al respecto dispondrán de una cantidad de información y muestras tan grande como ciudadanos anónimos hayan jugado, como se hacía hace 300 años, a ser científicos.

“Nosotros decimos que la ciencia es demasiado importante como para dejársela sólo a los científicos”, comenta Lombraña, quien reitera su apuesta porque la sociedad tome parte en el proceso científico, aunque sea en estas primeras fases.

Abrir la puerta al ciudadano

“Hay que abrir la puerta a que el ciudadano participe en estos proyectos”, solicita el experto.

Y es que en unos días en los que Madrid, entre otras tantas capitales del mundo, se ahoga y harta de respirar aire contaminado que obliga a limitar velocidad en sus accesos, parece inevitable que este tipo de creaciones se extiendan entre la sociedad, al menos para que se sepa por qué un día no pueden salir a la calle los coches con matrícula impar.

“El objetivo es que se copie y por ejemplo en China se intenta que tengan uno de estos en cada colegio”, informa Lombraña, quien indica que ellos tienen otros proyectos implantados, más baratos incluso, para saber si el aire está contaminado y en qué grado.

“Tenemos un proyecto en el que invitamos a la gente a tomar fotografías de líquenes colocando una moneda al lado y en función del liquen y su tamaño hay tablas que nos dicen calidad del aire”, relata Lombraña, quien también advierte de la dimensión que en los últimos años ha adquirido la ciencia ciudadana.

Si en otros ámbitos -como en el periodismo, sin ir más lejos- los ciudadanos desde hace unos años pueden tomar parte a la hora de destapar escándalos de corrupción o de informar, Lombraña lleva implementando estos modelos en ciencia desde 2006.

“Es más viejo de lo que parece, pero ahora se vive un boom”, destaca, aunque lamenta que España aún vaya un poco por detrás que en otros países en esta materia.

Las nuevas tecnologías y el abaratamiento de muchos instrumentos científicos han ayudado a que la ciencia gane terreno en el imaginario colectivo y muchos pasen a la acción en la medida de lo posible.

Al fin y al cabo con este microscopio, carísimo en otros momentos, cualquier colegial intrépido que sepa pelar un CD que ya no le guste de su colección particular puede participar, con 12, 13 o 15 años en un estudio científico, algo hasta hace unos años sólo estaba al alcance de unos pocos con varios años de carrera, matemáticas y problemas de física o química en la cartera. EFE

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Publicado en: Ciencia

Esta semana Lombraña, junto con el profesor En-Te Hwu, del Instituto de Física de la Academia Sinica de Taipei (Taiwán), presentarán a estudiantes de instituto en Medialab Prado (Madrid) uno de sus últimos proyectos, un microscopio ‘casero’ con el que cualquiera puede ayudar a los científicos a saber si en el aire de su zona hay partículas contaminantes y nocivas para el ser humano.

Se trata de un microscopio de fuerza atómica que normalmente cuesta entre 50.000 y 200.000 dólares pero cuyo precio han conseguido rebajar hasta los 3.000 dólares, un presupuesto que lo hace accesible para instituciones educativas o similares, donde jóvenes estudiantes puedan ser partícipes de la ciencia y aprender en primera persona.

“Funciona igual que un microscopio normal”, explica Lombraña, quien disecciona el proceso de la detección de estas partículas en dos fases.

En la primera, aquellos que tengan a mano el microscopio tendrán que pelar un CD, que hará las veces de soporte de la muestra, que se tomará dejando el CD en la ventana durante un tiempo, en el que las partículas contaminantes, si las hubiera, se posarían en su superficie.

A partir de ahí se fotografía la visión obtenida del CD con el microscopio, que tiene una punta de 50 nanómetros -el diámetro de un cabello es de 75.000 nanómetros, para comparar-, una sensibilidad que permite registrar estas minúsculas partículas.

Entonces llega la segunda fase, en la que el ciudadano sube esa foto a la web (crowdcrafting.org) y desde ahí los científicos que estén investigando al respecto dispondrán de una cantidad de información y muestras tan grande como ciudadanos anónimos hayan jugado, como se hacía hace 300 años, a ser científicos.

“Nosotros decimos que la ciencia es demasiado importante como para dejársela sólo a los científicos”, comenta Lombraña, quien reitera su apuesta porque la sociedad tome parte en el proceso científico, aunque sea en estas primeras fases.

Abrir la puerta al ciudadano

“Hay que abrir la puerta a que el ciudadano participe en estos proyectos”, solicita el experto.

Y es que en unos días en los que Madrid, entre otras tantas capitales del mundo, se ahoga y harta de respirar aire contaminado que obliga a limitar velocidad en sus accesos, parece inevitable que este tipo de creaciones se extiendan entre la sociedad, al menos para que se sepa por qué un día no pueden salir a la calle los coches con matrícula impar.

“El objetivo es que se copie y por ejemplo en China se intenta que tengan uno de estos en cada colegio”, informa Lombraña, quien indica que ellos tienen otros proyectos implantados, más baratos incluso, para saber si el aire está contaminado y en qué grado.

“Tenemos un proyecto en el que invitamos a la gente a tomar fotografías de líquenes colocando una moneda al lado y en función del liquen y su tamaño hay tablas que nos dicen calidad del aire”, relata Lombraña, quien también advierte de la dimensión que en los últimos años ha adquirido la ciencia ciudadana.

Si en otros ámbitos -como en el periodismo, sin ir más lejos- los ciudadanos desde hace unos años pueden tomar parte a la hora de destapar escándalos de corrupción o de informar, Lombraña lleva implementando estos modelos en ciencia desde 2006.

“Es más viejo de lo que parece, pero ahora se vive un boom”, destaca, aunque lamenta que España aún vaya un poco por detrás que en otros países en esta materia.

Las nuevas tecnologías y el abaratamiento de muchos instrumentos científicos han ayudado a que la ciencia gane terreno en el imaginario colectivo y muchos pasen a la acción en la medida de lo posible.

Al fin y al cabo con este microscopio, carísimo en otros momentos, cualquier colegial intrépido que sepa pelar un CD que ya no le guste de su colección particular puede participar, con 12, 13 o 15 años en un estudio científico, algo hasta hace unos años sólo estaba al alcance de unos pocos con varios años de carrera, matemáticas y problemas de física o química en la cartera. EFE

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