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Llegada a Almadén

Llegada a Almadén
“En la villa de Peralta en el reino de Navarra nací de nobles pobres, y humildes padres, criaronme con la cristiana educación que requería a su estado, adoctrinaronme como hijo de bendición, y a la tierna edad de quince años quedé pobre huérfano, pues murieron  mis amados padres, Dios en su gloria los tenga, ¡ay señor!. Aquí empiezan mis tragedias, de edad de dieciocho años, viéndome sin calor natural, senté plaza de soldado en el regimiento de Navarra, como no estaba acostumbrado a las fatigosas mecánicas del soldado, Señor me deserté, traidor fui contra mi Rey, pero la ignorancia suplica el perdón. Anduve experimentando en ese tiempo las más atroces miserias que dejo a la prudente consideración de V.E., hasta que en el mes de marzo de 1772, pasé al Real Sitio del Pardo, y en él me eché a los pies de S.M. (que Dios guarde), suplicándole se dignase misericordioso perdonarme sus agravios, y lo dejó a la disposición de Excmo. Señor Conde de Aranda y su Excelencia me destinó por diez años al Regimiento Fijo de Orán.

Conducieronme a Málaga a tiempo que pedían gente de Melilla, adonde fui conducido en la que me agregaron a su Contaduría, y estando en ella me solía divertir en las orillas del mar con un fusil tirando a las gaviotas, aves marítimas, y entre otros el día 12 de noviembre del ya citado año maté una ave, cayó en el agua, me eché a ella para cogerla, al tiempo que me descubrió un centinela del Fuerte, como vio un hombre en el agua juzgó que se iba al Campo Infiel y me tiró un balazo que me pasó el cuerpo de una parte a otra, pues me entró por debajo de la paletilla derecha y me salió por debajo del brazo. Pues no quiso la divina Majestad muriese, y me tuvo postrado en el potro de una cama diecinueve meses, quedándome la herida afistolada sin poderme valer de mis miembros; para evitar algún interés que pudiera haber, me trasladaron a estas Reales Minas a cumplir mis diez años …”

Triste comienzo tiene la historia de José Ramón, en efecto, ¿a quién le importa que se quisiera escapar?, ¿No le dieron el alto o no lo oyó?, que más da. Quizá no fue la divina Majestad, como decía él, sino el mismo diablo el que no quiso que muriera, o quizá le mantuvo muerto y despierto para que fuese testigo de las atrocidades sobre las que escribió.

Su historia no es especial, es la de cientos de presos que nunca abandonaron Almadén. Quizás lo singular es que José Ramón sabía y quería escribir lo que allí ocurrió. Estoy obligado a contar su historia y eso haré…
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