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El incendio de 1755

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Esta semana se cumplen 260 años del inicio del incendio de 1755. Fue, sin lugar a dudas, el suceso más grave jamás sucedido en las minas de Almadén. Supuso la paralización de la mina durante 2 años y medio, la inundación general de las labores, el hundimiento de varias casas en superficie, la emigración de los mineros que quedaron sin trabajo y la muerte de cuatro personas. Con esta espantosa catástrofe se cerró para siempre el laberinto que constituían las labores antiguas, nunca se volvieron a recuperar.

Fue a las 8 de la noche del 7 de enero de 1755 cuando se detectó la presencia de humo en la mina del Pozo, el superintendente Francisco Javier de Villegas no se encontraba en Almadén y tomó el mando su teniente Juan Pérez Corral. Ordenó bajar por el torno de San Fermín a un operario, Sebastián Veloso, para buscar el foco del incendio, pero no pudo llegar, el intenso humo apagó su candil y, antes de que pereciera, lograron sacarle. Se decidió entonces cerrar las entradas de aire al interior: el torno de San Pedro de Alcántara, el de la Soledad y la galería que comunicaba con la mina de El Castillo. Siguieron trabajando y a la una de la madrugada taparon también los tornos de lo Claro y San Miguel, tabicaron la puerta principal de la mina y salieron por la que daba a la antigua Cárcel de Forzados. Había empezado el desastre. Corral mandó celebrar rogativas los días 9 y 10 a Nuestro Padre Jesús en la entonces ermita de Almadén (que a la postre se convertiría en la actual Parroquia Nuestra Señora de La Estrella) y a San Antonio de Padua en el convento de San Francisco, actualmente en ruinas en la carretera a Chillón.

El día 16 de enero llegó el superintendente Villegas, quien pasó directamente a reconocer la mina de El Pozo. Aunque en principio les pareció que el fuego se había extinguido, pudieron apreciar resplandor en el interior por lo que cerraron de nuevo la entrada y los respiraderos.

Acudió de nuevo Villegas el 5 de febrero, pero esta vez acompañado de Guillermo Bowles y Carlos Koehler, a quien se nombró poco después director del Establecimiento Minero. Sería el primer alemán de los que ocuparían sucesivamente el puesto. Destaparon el torno de lo Claro y lograron entrar hasta el segundo piso, pero no llegaron a ver el foco del incendio, ni siquiera llamas, se abrió otra entrada con similar resultado. Decidieron cerrar de nuevo la mina convencidos de que si echaban agua, el humo sofocaría a los trabajadores y de que arrojando tierra emplearían mucho tiempo, y el aporte de aire mientras tanto sería fatal .Decidieron entonces, impotentes con la ciencia y la técnica, dejar el tema en manos de Dios. Se hicieron votos, rogativas y multitudinarias procesiones, pero el incendio seguía mes tras mes.

El 10 de febrero de 1756 apareció humo en la contigua mina del Castillo, en los días siguientes aumentó, hasta tener que suspenderse los trabajos, tabicaron su entrada también. Se decidió entonces celebrar misas rogativas del 23 de febrero al 8 de marzo y tres procesiones, una de ellas de penitencia pública dirigida por Felipe Quiñones, cura franciscano del convento de San Francisco de Chillón. Cuando esta procesión llegó la puerta de la mina, y decididos los fieles a entrar en ella, sólo se permitió acceder a tres religiosos y a 8 ó 10 personas para alumbrar al sacerdote que portaba el Cristo de la Fuensanta. Avanzando por la mina hasta la galería de San Ignacio, notaron más fuego que en visitas anteriores, y el misionero aprovechó un instante de descuido para bajar por el torno de los Alemanes. De nada sirvieron los avisos del maestro mayor y los oficiales, a los que trató de faltos de fe. A su socorro entraron tres mineros a los que tuvieron que sacar asfixiados por el humo. Otros les siguieron y hasta tres de ellos perdieron la vida. Al religioso y a Juan del Castillo los encontraron en el mismo torno de los Alemanes y a Mateo León y Juan Talaverano en la galería, junto a la puerta de red que existía. Sacaron los cuerpos la tarde y noche de ese mismo día.

Fue el 23 de julio de 1757 cuando se volvió a destapar el torno de lo Claro y se reconoció la mina sin encontrar fuego, aunque sí mercurio en el suelo, y algunos hundimientos. El director Koehler había muerto unos días antes, sin llegar a ver la mina apagada, aunque este hecho no evitó el mito de que fueron los alemanes los que lograron apagar el incendio. Fue el agua, dos años y medio sin bombear fueron suficientes para inundarla. En la mina de El Castillo, en una galería de la segunda planta, próxima al pozo de San Ignacio, existe una inscripción en latín, ya ilegible, en la que se explicaba que hasta ahí llegó el nivel de las aguas en el incendio.

Nunca se supo el origen del incendio, aunque algunos creyeron que fueron los forzados de la mina los que lo provocaron. Un incendio en la enfermería de la Cárcel en 1753 y un conato en 1758 parecen corroborarlo. Con culpa o no, se decidió a partir de entonces no emplearlos en la mayoría de las labores de explotación de interior, relegándolos a trabajos auxiliares. Si fueron ellos desde luego lograron su objetivo.
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