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Aldous Huxley, un mundo feliz al otro lado de las puertas de la percepción

<p>Aldous Huxley. EFE/Pedro Pablo G. May</p>
“Llegas a un punto en el que te preguntas, incluso al pensar en Beethoven o en Shakespeare, ¿es eso todo?” se cuestionaba por escrito Aldous Huxley, creador de una de las distopías más famosas del género, Un mundo feliz, que fue capaz de combinar la ciencia pura y dura con las experiencias psíquicas y el misticismo.

Huxley falleció el 22 de noviembre de 1963, hace ahora 51 años, tras disfrutar de una vida plena de aventuras intelectuales que le llevó a recorrer medio mundo mientras conocía y se relacionaba con numerosos personajes de la ciencia, el arte y la literatura, desde D. H. Lawrence hasta Charles Chaplin.

La genética tuvo un peso especial en su existencia: nacido en el muy inglés condado de Surrey, perteneció a una peculiar familia cuyos miembros tuvieron una activa participación en el desarrollo científico y artístico del Reino Unido, desde su abuelo el biólogo Thomas Henry Huxley (cuya militancia en el campo evolucionista le hizo ganarse el apodo de “el bulldog de Darwin”) hasta el primer director de la UNESCO, su hermano Julian Huxley, o su hermanastro el fisiólogo y premio Nobel Andrew Huxley.

También la forma de mirar las cosas le definió, tanto física como psicológica y psíquicamente ya que en su adolescencia sufrió una grave enfermedad ocular que le mantuvo ciego durante año y medio y, una vez recuperada la vista, con problemas durante el resto de su vida.

Tal vez por ello en su madurez se mostró tan propenso a probar diversas drogas psicodélicas como la mescalina, el LSD y la psilocibina, que le permitieron adquirir una visión muy diferente del mundo que le rodeaba además de facilitarle material para escribir algunos de sus textos más controvertidos en los años cincuenta del siglo XX como Las puertas de la percepción.



Esos mismos problemas con los ojos frustraron su inicial vocación médica y le condujeron a través del estudio de la literatura inglesa al oficio de escritor: publicó sucesivos textos primero agrupados como poemas y más tarde como cuentos, a fin de desembocar en la novela y, finalmente, el ensayo.

Pero el gran éxito de género por el que siempre recordaremos a Huxley es su distopía Brave New World, literalmente, Un nuevo y magnífico mundo, que en español se publicó como Un mundo feliz.

El origen del título radica en una de las obras clásicas y más simbólicas de William Shakespeare, La Tempestad, que tanta influencia ha tenido en diversas obras de ciencia ficción (sin ir más lejos, en la película Planeta prohibido, recientemente comentada en este blog).

En Un mundo feliz (1932), Huxley describe un mundo del futuro con asombrosas similitudes respecto al actual: desde la concepción humana extrauterina hasta la globalización política, pasando por el abuso de la propaganda, las críticas al consumismo o la presencia de la hipnopedia (educación a través del sueño, algo muy similar a lo que la televisión hace hoy con su hipnotizada audiencia) pasando por un desarrollo implacable y omnipresente de la tecnología.

Gracias a este tipo de técnicas, las autoridades han logrado eliminar algunas de las principales lacras de la humanidad como la guerra o el hambre, pero a un precio altísimo que incluye la destrucción de lo que precisamente hace humano a un ser humano: la filosofía, la literatura, el amor, la familia…, y por supuesto la libertad personal.

La sociedad es en realidad un inmenso termitero puesto que está agrupada, más que en clases sociales, en castas según las aptitudes de cada persona, que es destinada desde su más tierna infancia a ocupar determinado puesto y sólo ése, en un rígido sistema que convierte el antiguo sistema social-religioso de La India en una nadería.

Pero, como en tantas obras de nuestro género favorito, como en tantas obras de la literatura en general, surge un héroe: un inadaptado social que, a pesar de la elevada posición que le da su inteligencia, resulta ser un infeliz que aspira a cambiar el mundo que le rodea.

En una clara advertencia al peligro del totalitarismo comunista soviético, Huxley bautizó a los dos protagonistas con nombres inequívocamente relacionados con sus líderes: Bernard Marx y Lenina; esta pareja impulsará el desarrollo de la historia en compañía de John el Salvaje, la tercera pata del triángulo principal que, como su nombre indica, ha crecido libre de la influencia del “progreso”.



La primera novela de Huxley, escrita en 1921 con el título Los escándalos de Crome, ya suponía una severa (y en su época, exitosa) crítica de la sociedad británica burguesa de su época, con abundancia de planteamientos filosóficos y literarios, pero Un mundo feliz llevó el asunto mucho más allá.

Su famosa distopía fue escrita en solo cuatro meses y su éxito fue de tal calibre que justificaría muchos años después la publicación de Nueva visita a un mundo feliz, una recopilación de ensayos sobre los temas tratados en la obra.

Leer hoy Un mundo feliz resulta especialmente recomendable, además de ayudarnos a entender el estado depresivo y pesimista respecto al futuro del ser humano que vivía el autor en aquella época (principios de los años 30, poco antes de que se desatara el más salvaje conflicto bélico de la historia) y que, con el paso del tiempo, le llevó a buscar respuestas en otros ámbitos.

Trasladado a Estados Unidos, donde fue a pasar unos meses y acabó residiendo hasta el final de sus días, se interesó por diversos temas relacionados con el desarrollo del espíritu y el misticismo en varias tradiciones; progresivamente dejó de lado la obra de ficción para centrarse en el ensayo, cada vez con mayores ribetes filosóficos, psíquicos y metafísicos.

Aldous Huxley creía en el más allá: el día de su muerte, a los 69 años de edad (el mismo en el que fue asesinado John Fitzgerald Kennedy), le fue leído al oído, siguiendo sus deseos el Bardo Thodol o Libro de los Muertos Tibetano, un texto antiquísimo para garantizar el paso desde esta vida a la siguiente con instrucciones precisas para los difuntos.
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