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Personajes históricos visitan la mina de Almadén

<p>Eduardo Zamacois en su visita a Almadén </p>
Son numerosos los personajes históricos que visitaron las minas de Almadén. Entre ellos se encuentran escritores como Eduardo Zamacois y Quintana, novelista español nacido en Cuba en 1873.

De carácter bohemio y heterodoxo, fue también editor, periodista, memorialista y director de cine. Visitó Almadén en 1931 para realizar el reportaje “La sangre blanca” que publicó en dos entregas los días 24 y 25 de julio de 1931 en el Diario Gráfico Ahora de Madrid. Este reportaje retrata de forma única y personal el pueblo y la mina de Almadén de los años 30. Merece la pena leer algunos fragmentos.

“Divagando al azar llegamos al Cerco de San Teodoro a tiempo de ver las primeras cuadrillas de mineros que acuden al trabajo. Sus cuerpos cenceños, sus ojos graves, como ensombrecidos por la diaria visión del peligro, sus semblantes austeros y pálidos, expresan tristeza. La tierra, en cuyo arcano van a permanecer seis horas –no debían estar más de cuatro- les dió su color. La gran vampiresa los alimenta, pero también los mata, y aunque sabe que al fin, todos, antes o después, han de sеr suyos, día tras día les quita –a cuenta de mayor cantidad- un poco de sangre. La tierra pide anticipos. ¿Qué es un minero si no un adelanto, una especie de empeño, que la Vida le hace a la Muerte?…


Pausadamente, en grupos de seis ó de ocho hombres, los servidores de la mina van hundiéndose en la tiniebla del pozo, y ahora, al evocar la escena, resurge punzante en nuestra memoria el gesto de despedida de sus rostros, vueltos instintivamente hacia la luz.


Al salir del trabajo los porteros del Cerco les “abrazarán” para ver si, allá en el abismo, alguno de ellos robó un poco de mercurio. ¡Triste abrazo, que recuerda el de Judas!…


Desgraciadamente no es en los bolsillos, si no en el corazón, donde los mineros de Almadén se llevan el azogue…”




Almadén
Zamacois en su visita a Almadén.

“Nos acercamos al castillete del Cerco de San Teodoro. AI fondo, en el espesor de un muro y defendida por un cristal, blanquea una imagen: es la Virgen de la Mina, cuyas luces antaño los mineros, al salir de la tierra, alimentaban devotamente con el aceite que quedaba en sus lámparas. Ofrenda humilde, que embozaba una plegaria y el ruego: “Señora: hoy estuviste a mi lado en el filón: acompáñame mañana también.”


Antes de soterrarnos cambiamos de traje, y para evitar que algún canto desprendido de la techumbre de las galerías pueda lastimarnos nos encasquetamos un sombrero de recio hule, ancho de ala y mezquino de copa, muy parecido a los cascos usados en la Gran Guerra. Así pergeñados y provistos de lámparas, ganamos el ascensor que ha de transportarnos a una profundidad de trescientos sesenta metros, hondura abismal de la que nos damos perfecta cuenta considerando que, dentro de ella, la torre Eiffel cabría holgadamente.


El ascensor desciende raudo—creyérase que cae a plomo— y el rápido aumento de la presión atmosférica nos asordece un poco. La obscuridad es absoluta. A intervalos, en las paredes rezumantes de agua del pozo brillan, un instante, las luces de los pisos que vamos dejando atrás, mejor dicho, “arriba”. En vano procuramos contarlos; nos lo impide la velocidad del descendimiento. A nuestro alrededor todos callan, acaso para mejor dejarnos saborear la inquietud de aquella inmersión dantesca. De pronto, sin violencia, el ascensor se detiene y salimos de él. Nos hallamos en el piso treceavo de la mina; el último, por ahora. Nos rodea, un silencio insoñado, nuevo, sobrecogedor: el silencio que debió de preceder a la Creación; un silencio tétrico que penetra en los huesos como un frío; un silencio que no se parece al del mar; un silencio negro “que no hemos escuchado nunca”. Y el recuerdo de la enorme capa de tierra tendida sobre nosotros nos sugiere la impresión de que hace muchos años que nos hemos muerto.”


“A poco, en el hondísimo silencio que nos oprime, se produce un extraño rumor lejano, que, por momentos, va creciendo. Diríase que toda la ingente entraña fuliginosa de la mina tiembla. ¿Qué sucede?… Es un tren que, en la angostura del crucero rueda hacia nosotros. Una voz grita: “¡Eh; cuidado!…¡Apriétense ustedes bien contra la pared!”


(Continuará)


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