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Antártida, la última frontera. Por Cristina Gallardo

<p>Imagen de la Antártida. EFE.</p>

La Antártida se resiste a ser conquistada. Con temperaturas que pueden descender hasta los -90 grados centígrados, este inmenso continente blanco contempla sin inmutarse la osadía y el subsecuente fracaso de aquellos que se atreven a cruzar su territorio a pie.





El último en intentarlo ha sido el famoso explorador británico Ranulph Fiennes, quien el pasado diciembre inició su viaje al hemisferio sur para tomar parte en la primera travesía a través de la Antártida durante el invierno austral. En la aventura, con una duración estimada de seis meses, le acompañaban un equipo de cinco expedicionarios y un cargamento de hasta 200 toneladas distribuidas en catorce trineos.


La última frontera



Al inicio de la travesía, denominada “El viaje más frío“, Fiennes afirmó a los medios que este era el mayor desafío de su vida, un reto que le obligaría a forzar al límite la resistencia humana. No le faltaba razón. Su plan incluía recorrer más de 4.000 kilómetros de terreno inhóspito, en una oscuridad casi completa, con temperaturas muy inferiores a las que el resto de seres humanos han soportado jamás.


A sus 68 años, Fiennes quería volver a hacer historia, tras coronar el Everest, ser el primero en cruzar el Ártico y la Antártida a pie -eso sí, no durante el invierno austral-, y de ingresar en el Libro Guinness de los Récords como “el mayor explorador vivo del mundo”.


Sin embargo, en esta ocasión, la Antártida le denegó el acceso. El 25 de febrero, más de tres meses después de dejar atrás Londres, Fiennes sufrió una caída que truncó su sueño mientras entrenaba, ya sobre suelo antártico, para iniciar su travesía por el continente cuatro semanas después. La temperatura, de -33 grados centígrados en aquel momento, se cebó con sus manos desnudas mientras intentaba desatascar un esquí, y le causó congelaciones severas. El británico tiró la toalla.


Abandonar supuso todo un revés para Fiennes, quien volvió a sufrir daños en los muñones de su mano izquierda, lesiones antiguas de una expedición en 2000 que le obligó a serrarse los dedos. Nada más poner un pie en Londres, confesó sentirse muy frustrado y rechazó la posibilidad de volverlo a intentar.


Su claudicación significa que, pese a siglos de exploraciones que han llevado al hombre hasta la Luna, el ser humano continúa sin haber podido cruzar la Antártida durante su  estación más inclemente, el invierno austral, entre marzo y septiembre.



Siglos de exploraciones


Para consuelo de Fiennes, él no es el único en fracasar ante condiciones tan adversas. El continente blanco -al que también se le podría adjudicar el color azul-, que en su imaginación Ptolomeo bautizó allá por el siglo II a.C. como Terra Australis Incognita (la Tierra Desconocida del Sur), ha presenciado la derrota de muchos otros expedicionarios. Entre los siglos XV y XVII varias travesías a bordo de grandes navíos circunvalaron su costa sin llegar a averiguar que un poco más allá se extendía un vasto territorio de unos 22 millones de kilómetros cuadrados. Muchos de ellos naufragaron en sus proximidades, incluido el español San Telmo, hundido en pleno Pasaje de Drake, que separa este continente y América del Sur.


En 1772, James Cook cruzó el Círculo Polar Antártico sin llegar a vislumbrar el continente. El británico viró hacia el norte cuando estaba a punto de convertirse en el descubridor de la Antártida.


Tal honor estaba reservado para otro compatriota de Cook y Fiennes, el capitán británico Edward Bransfield,quien en 1820 avistó la península Trinidad tras cartografiar numerosas islas de la zona. Sin embargo, su mérito se lo disputan otros aventureros, como el también inglés John Davies, un cazador de focas que reclamó ser el primero en haber puesto un pie en el continente, en concreto en la bahía de Hughes, el 7 de febrero de 1821.


Única foto de la expedición del noruego Roald Amundsen en el Polo SurDespués de los británicos llegarían los franceses, estadounidenses y noruegos. Con estos últimos, el Reino Unido mantiene desde entonces una rivalidad en lo que a expediciones antárticas se refiere, que alcanza hasta la travesía de Fiennes.

Sus orígenes posiblemente se remonten a la expedición “Terra Nova” (1910-1913), la segunda aventura de este tipo liderada por el oficial de la Real Armada BritánicaRobert Falcon Scott. Cuando en 1912, Scott llega con su equipo al Polo Sur, está convencido de que ha sido el primero en lograrlo. Poco después, y probablemente tras felicitarse a sí mismo por un éxito tan rotundo, descubre que el equipo noruego de Roald Amundsense les había adelantado, con solo un mes de diferencia. El sentimiento de orgullo herido es comprensible y, sumado al agotamiento, el hambre y el frío extremo, se convierte en una fórmula mortal. Scott y sus cuatro compañeros fallecerían poco después, durante el viaje de vuelta.


Desde entonces, noruegos y británicos han competido en la Antártida por llegar más lejos, más rápido, con menos medios y bajo condiciones más adversas. El marcador se inclina indiscutiblemente a favor de los británicos: el galés Edgeworth David consigue llegar por primera vez al Polo Sur Magnético y el irlandés Ernest Shackleton se convierte en el hombre que más se adentró en el continente antártico llegando hasta unos 190 kilómetros del Polo Sur, aunque fracasa poco después al intentar cruzar la Antártida por primera vez.  Su derrota cierra la conocida como Edad Heroica de la Expedición Antártica.


Fiennes intentó recoger el guante ochenta años después. La preparación supuso cinco años de su vida, “sin cobrar”, y trabajando a contrarreloj, temeroso de que los noruegos se adelantaran una vez más. Estaba en juego uno de los orgullos nacionales del Reino Unido: la noción de ser el país explorador por antonomasia, una cualidad sobre la que construir un imperio. En la rueda de prensa concedida tras renunciar a la travesía, el aventurero no pudo reprimir una última referencia a sus rivales nórdicos.


“Ahora los noruegos no dudarán en vencerme”, farfulló con sorna. Puede que sí o puede que no. De momento, la Antártida conserva su llave.

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