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Anthony Powell: “La Antártida es tan bella que simplemente te deja sin respiración”





 

CRISTINA GALLARDO – Anthony Powell forma parte de la reducida población de la Antártida -alrededor de 4.000 habitantes- y es uno de los pocos que vive allí durante todo el año, incluso cuando llega el invierno y las temperaturas descienden en picado hasta rozar en una ocasión el récord de -89,2 grados centígrados. Fotógrafo y experto en telecomunicaciones, este neozelandés llegó a la Antártida por primera vez en 1998, con un contrato para trabajar en la base Scott. Se enamoró de este lugar con vientos superiores a 350 kilómetros por hora y seis meses de completa oscuridad, y contrariamente a lo que suele pasar, lo convirtió en su residencia permanente.




A día de hoy, Powell cuenta el tiempo que ha vivido en el continente blanco en meses, quizá porque la rutina antártica provoca que un mes allí se perciba como un año entero. Hace cien meses (algo más de ocho años) que vive en la base Scott, en las inmediaciones del Polo Sur, pero conoce a alguien que lleva en la región más de 150 meses, unos cuatro años más que él.  En este tiempo ha rodado el documental “Antarctic: A Year on Ice” (Antártida: un año en el hielo), que muestra cómo sus escasos habitantes viven en uno de los entornos más prístinos del planeta. Su estreno mundial tendrá lugar el próximo julio en el marco del Festival de Cine Internacional de Nueva Zelanda. 


¿Cómo surgió la idea de grabar este documental y por qué requirió tanto tiempo? 
Comencé tomando fotografías con intervalos de tiempo cuando las cámaras digitales alcanzaron suficiente calidad como para visualizar las fotografías en una gran pantalla. Estaba sorprendido ante lo bien que reflejaban el paisaje. En la Antártida, normalmente puedes sentir las cosas alrededor tuyo, pero no las ves. Durante los primeros años me limité a recopilar imágenes y a inventar métodos para tomar fotografías en condiciones de frío extremo durante el invierno. 


Capturar lo que en la pantalla ves durante unos segundos me llevó días de trabajo. Una vez que tuve suficiente material como para mostrar los cambios de estación, me concentré en grabar a la gente, y narrar la historia aunando todas las escenas.



El documental no está contado desde el punto de vista de los científicos sino de los trabajadores que pasan allí la mayor parte del tiempo y que son responsables del funcionamiento correcto de las bases. ¿Cómo es un día normal de una de estas personas en la Antártida?

La mayoría de la gente que vive allí son electricistas, técnicos, carpinteros, expertos en comunicaciones, etc. Hay muchos más profesionales de este tipo, encargados del funcionamiento correcto de las bases, que científicos en sí, pero sus historias nunca han sido contadas. Llevan a cabo un trabajo normal, pero en un entorno extraordinario. Tienes que ser muy autosuficiente e imaginativo, porque la mayor parte del tiempo estás tú solo con lo que tienes, no puedes salir a buscar piezas de repuesto a la tienda local de recambios. Tienes que conformarte con lo que hay. 



La mayoría del largometraje está rodado en la dependencia de Ross, en la que se localizan dos bases habitadas permanentemente: McMurdo, perteneciente a EEUU y la mayor de toda la Antártida, y Scott, bajo soberanía neozelandesa. Ambas bases están separadas tan sólo por unos tres kilómetros, pero en conjunto su población durante el invierno no supera las quince personas. ¿Cómo afecta esta sensación de aislamiento a las relaciones personales?

Las relaciones son más estrechas, hace que te sientas más conectado con el resto. Pero también provoca que cualquier detalle molesto, por pequeño que sea, se exagere mucho más, por lo que hay que ser más comprensivo y paciente que en otros lugares. 





¿Los habitantes de la Antártida se sienten un poco como si vivieran en otro planeta?

Sí. Muchos de nosotros nos referimos al resto de la gente como si estuvieran “allá en el mundo real”.


Las bases están totalmente aisladas del resto del mundo durante los seis meses que dura el invierno antártico, un tiempo en el que no aterriza ningún avión, por lo que también es imposible tomar un vuelo a cualquier otro sitio. ¿Cómo se gestionan las emergencias sanitarias? 

Cada habitante de la Antártida tiene que superar un examen médico muy estricto antes de mudarse allí, para minimizar el riesgo. Hay una clínica para emergencias y en algunos lugares aún se puede aterrizar si hay una urgencia. En el Polo Sur en cambio, es imposible porque hace demasiado frío y el combustible se congela.


¿Durante cuánto tiempo vive un trabajador normal en la Antártida? 

La mayoría va allí con contratos estacionales, principalmente durante los cuatro meses del verano. Algunos llegan a estar un año. Yo he vivido allí un total de cien meses, pero conozco a dos o tres personas que llevan más de 150 meses. No hay ningún sitio en el que gastar dinero, así que podemos ahorrar bien para las vacaciones.


Es mucho tiempo en un lugar con condiciones tan duras. ¿Tuvo momentos de desánimo en los que considerases la posibilidad de abandonar el proyecto?

No, me encanta trabajar allí y quiero seguir haciéndolo. Una gran parte de mi motivación para rodar el documental es precisamente mostrar la Antártida desde el punto de vista de una persona normal que conoce el lugar, para que otra gente pueda apreciar el sitio tan increíble que es y por qué me gusta tanto. 




 









La temperatura allí desciende a menudo hasta los -60 ºC y en una ocasión se desplomó hasta los -89,2 ºC. ¿Cómo afecta este frío tan intenso a su material de trabajo? 

He tenido que reponer las cámaras muchísimas veces. Cuando la temperatura baja hasta los -60 ºC el obturador se adhiere al interior de la cámara, así que no puedes grabar durante mucho tiempo. Las pantallas de cristales líquidos (LCD) normales dejan de funcionar en torno a los -10 ºC y se congelan del todo a los -45 ºC, así que no puedes ver nada de lo que estás filmando. 


¿Cómo aprendió a trabajar en estas condiciones?

Tuve que aprender por mí mismo a grabar durante el invierno, mediante el método de prueba y error. Nadie lo había hecho antes. Esa es otra razón por la que me llevó tanto tiempo acabar el documental. 


¿Cuáles son las condiciones más duras a las que se ha enfrentado en la Antártida?

He estado al aire libre a temperaturas de -55ºC, con un viento de 100 kilómetros por hora. Es absolutamente brutal. Cualquier trozo de piel expuesto se congela prácticamente al instante, y sientes como una mordida. 

Cuando más frío pasé fue probablemente en una acampada durante el invierno, durmiendo en una tienda de campaña. Creo que la temperatura era de unos -50 ºC. Yo llevaba ropa de lana y trataba de dormir envuelto en el forro del saco de dormir, dentro de dos sacos muy gruesos, cubierto por otra bolsa más, y sobre dos capas de gomaespuma para aislarme del hielo. Tenía sólo un pequeño agujero a la altura de mi cara para poder respirar a través de él. Me dolían los ojos como si se estuvieran congelando en sus cuencas, así que terminé poniéndome un pasamontañas del revés y respirando a través de él. 

Cuando desperté por la mañana, lo primero que vi fue una barrita de chocolate que había dejado en la tienda, cerca de mi cabeza. Sin pensarlo dos veces, la cogí y cuando le di el primer bocado, se me congeló la lengua al momento. Era como una piedra. Tuve que sentarme diez minutos y esperar a entrar en calor antes de poder hacer cualquier otra cosa.


¿Hubo alguna situación peligrosa durante el rodaje?

No creo que me pusiese en peligro en ningún momento mientras filmaba, pero sí que he tenido algunos toques de atención. Una vez, grabando auroras boreales, me concentré muchísimo porque era el espectáculo más brillante que había contemplado nunca, y no me di cuenta de que llevaba sólo una chaqueta normal y unos vaqueros, a pesar de que la temperatura era de -40 ºC. Mi mujer, Christine, tuvo que venir a traerme más ropa para evitar una hipotermia. Pero una vez que has pasado mucho tiempo allí, llegas a conocer el lugar muy bien y sabes qué buscar y cuáles son tus límites. 


Los habitantes de la Antártida padecen a menudo el síndrome del invierno, también conocido como T3. ¿Qué es exactamente?

Es el conjunto de síntomas que sentimos casi todos nosotros bien entrado el invierno: pérdida de memoria temporal, bajo nivel de energía, pérdida de vocabulario, estar en las nubes, mirada fija en el espacio u olvidar los nombres de personas y objetos de nuestro día a día, como el salero.

Se cree que está causado por varias cosas como la fatiga de pasar muchos meses trabajando durante largas jornadas con sólo un día libre a la semana, y la ausencia de luz solar que provoca deficiencia de vitamina D. El frío extremo provoca que la hormona tiroidea T3 se desplace del cerebro a los músculos. Otros motivos son la ausencia de nuevos estímulos, el estar atrapado en la misma rutina, rodeado por la misma gente y haciendo el mismo trabajo día tras día.  

En una ocasión, fui a abrir la puerta de mi despacho. Sólo tengo tres llaves en mi llavero, todas ellas muy diferentes, y todos los días uso la misma. Aquel día, de repente, era incapaz de recordar qué llave abría mi puerta, y tuve que probarlas todas. 

También puede pasarte que tengas que apuntarlo absolutamente todo en un diario porque si no no recordarás las cosas que ibas a hacer o las reuniones que tenías planificadas.


Uno de los aspectos más duros de vivir allí debe de ser la dieta y la escasez de frutas y verduras frescas. ¿Cómo garantizan el suministro de estos productos?

Algunas bases tienen invernaderos hidropónicos, pero su mantenimiento es muy caro ya que la luz debe estar encendida todo el tiempo y la mayoría de la energía procede de generadores diésel. Por tanto, lo habitual es que sólo podamos comer una ensalada pequeña una vez cada quince días. 


¿Las bases son lugares cómodos? 

Algunas son mejores que otras. La mayoría disponen de los servicios básicos y buenas comidas, camas cómodas, películas, una buena biblioteca y un gimnasio. Estaría muy bien si hubiese mejores cultivos hidropónicos para poder disfrutar de comida fresca más a menudo. 


Ha pasado buena parte de los últimos quince años de tu vida filmando la Antártida. ¿Ha notado durante este tiempo cambios en el clima, la fauna o el medio ambiente?

Notas muchas pequeñas cosas en la región en la que nosotros trabajamos. No puedes atribuir cada una necesariamente al cambio climático, pero sí que te hacen pensar. Otras zonas de la Antártida están padeciendo cambios gigantescos. Cuando hablamos con los científicos que están inmersos en investigaciones medioambientales nos cuentan la misma historia desde muchos puntos de vista diferentes. El cambio climático es definitivamente un problema muy grande.


¿Cómo ha sido su relación con la fauna local mientras trabajaba?

No nos está permitido interferir con los animales salvajes, así que no podemos acercarnos a ellos más de diez metros. A menudo los pingüinos se nos acercaban porque son muy curiosos. Nosotros simplemente nos sentábamos y esperábamos hasta que se alejaban.




 




¿Cómo describiría la sensación de estar al aire libre, fuera de la base?

Lo adoro. Una vez que te has alejado del ruido de la base, comienzas a experimentar un silencio total. No hay ningún otro ruido aparte de tu respiración. Es el vacío absoluto. Sabes que no hay ninguna otra persona en ninguna dirección, en cientos de kilómetros a la redonda.



Llegó a celebrar su boda con su mujer, Christine, en la base estadounidense McMurdo, en la isla de Ross, y precisamente durante los meses invernales, con una oscuridad total. ¿Cómo fue?

Fue una ceremonia realmente única y una experiencia fantástica. No puedo imaginar una forma mejor de casarse. Tenía sentido que nos casáramos en el único lugar que los dos amábamos y el que más significa para nosotros. 



¿Cómo ha cambiado su forma de ver la vida tras residir tanto tiempo en la Antártida?

Cuando estás allí apenas tienes propiedades, más que algunas bolsas que te llevas contigo. En algunos aspectos, es muy parecido a vivir en un monasterio. Aprendes que lo más importante en la vida son las otras personas, no las cosas que posees. Tener poco puede ser mucho más enriquecedor.


¿Alguna vez se ha sentido harto de vivir allí?

No, ni siquiera después de tantos años. Probablemente pasaremos el próximo año promocionando la película en distintos países, pero después de eso, tanto mi mujer como yo estamos deseando volver para pasar allí el siguiente invierno. Es verdaderamente el entorno más prístino que queda en el planeta. Hay lugares que ningún ser humano ha pisado nunca. El aire es increíblemente fresco y puro, el cielo está limpio y libre de contaminación, permitiéndote ver más estrellas de las que puedas llegar a imaginar. Algunas veces, el firmamento está lleno de auroras boreales y nubes nacaradas. La Antártida es tan bella que simplemente te deja sin respiración. 






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