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Autopsia del meteorito más peligroso desde hace un siglo

Autopsia del meteorito más peligroso desde hace un siglo
 

 

Tres estudios revelan todos los detalles del objeto que estalló sobre el cielo de Rusia en febrero de 2013

La mañana del pasado 15 de febrero, un meteorito penetró en la estratosfera sobre el cielo de Rusia, a unos 1.500 kilómetros al este de Moscú, ardiendo en la atmósfera hasta explotar sobre la ciudad de Chelyabinsk. El estallido causó amplios destrozos en los edificios y provocó diversos heridos, principalmente por quemaduras y cortes debidos a los cristales rotos. Un estudio publicado esta semana en la revista científica Science y otros dos en Nature revelan ahora la radiografía completa del objeto responsable de la explosión, la mayor ocasionada por un objeto espacial desde el evento de Tunguska que en 1908 arrasó más de 2.200 kilómetros cuadrados de bosque en Siberia (Rusia).

El primero de los estudios, publicado online hoy jueves en la web de Science y mañana viernes en su edición impresa, es fruto de una amplia colaboración entre 57 científicos de instituciones de nueve países, dirigidos por Olga Popova, de la Academia Rusa de las Ciencias, y Peter Jenniskens, del Instituto Ames de la NASA y el Instituto SETI, ambos en Estados Unidos. Jenniskens explica el propósito del trabajo: “Nuestro objetivo era entender todas las circunstancias responsables de la dañina onda expansiva que aquel día envió a más de 1.200 personas a los hospitales en el área de Chelyabinsk Oblast”.

En las semanas posteriores al impacto, Popova, Jenniskens y sus colaboradores visitaron 50 poblaciones cercanas a Chelyabinsk para recuperar imágenes grabadas del fenómeno y estudiar su trayectoria. El hecho de que el evento ocurriera de día, en un cielo casi libre de nubes y en un área densamente poblada, facilitó que exista una cantidad de grabaciones nunca vista en un fenómeno similar. Muchas de ellas proceden de dashcams, cámaras instaladas en el salpicadero de los vehículos que son un accesorio muy popular en Rusia debido a que los tribunales de aquel país admiten sus imágenes como pruebas en caso de siniestro. Los investigadores recogieron también numerosas grabaciones de teléfonos móviles y cámaras de seguridad.

“Nuestra simulación de la entrada del meteoroide [la denominación del objeto antes de entrar en la atmósfera] muestra que el impacto fue causado por una sola roca de 20 metros que se fragmentó a 30 kilómetros de altitud”, detalla Popova. Su explosión en la atmósfera, equivalente a 600.000 toneladas de TNT, provocó una onda expansiva que se formó a una altura de 90 kilómetros y que fue suficiente para tumbar a muchos peatones. Desplazándose a una velocidad de 18,6 kilómetros por segundo, más de 64.000 kilómetros por hora, el objeto estalló a una altura de 29,7 kilómetros. En ese momento su brillo fue 30 veces mayor que el del Sol, según calcula uno de los dos estudios publicados hoy en Nature, dirigido por el investigador de la Universidad de Ontario Occidental (Canadá) Peter Brown, y que se ha centrado en calcular la energía liberada por la explosión.

 



La deflagración volatilizó las tres cuartas partes del meteoroide. Entre 4.000 y 6.000 kilos, un 0,05% del total, cayeron en forma de fragmentos, el mayor de los cuales, de 650 kilos, fue recuperado el pasado octubre del fondo del lago Chebarkul, en cuya superficie helada el meteorito abrió un boquete de siete metros de ancho. El resto quedó reducido a polvo que dejó un brillo anaranjado en la atmósfera tras el evento.

Popova y sus colegas han documentado que 3.613 edificios de apartamentos de la ciudad de Chelyabinsk, un 44% del total, sufrieron desperfectos, sobre todo rotura de cristales. Los daños se extendieron hasta 90 kilómetros a ambos lados de la línea de trayectoria del bólido. En una encuesta realizada por internet, 374 personas declararon haber sufrido heridas o secuelas, principalmente daños en los ojos por la explosión, quemaduras debidas a la radiación, heridas y cortes.

Los fragmentos se han analizado en el laboratorio del coautor del estudio de Science Qing-Zhu Yin, de la Universidad de California en Davis (EE. UU.). El objeto era del tipo llamado condrita LL, el mismo que el Itokawa, un asteroide del que la sonda japonesa Hayabusa recogió muestras en el espacio hace pocos años. Según los investigadores, el meteoroide se creó hace 4.452 millones de años, 115 millones de años después de la formación del Sistema Solar, y tuvo una historia violenta que se delata en sus numerosas venas de impacto, líneas donde la roca es más frágil y que facilitaron su ruptura en la atmósfera.

Jenniskens sugiere que el objeto original procede de Flora, una familia del cinturón de asteroides situado entre Marte y Júpiter. Sin embargo, los análisis practicados en Japón han determinado que la roca de Chelyabinsk solo ha estado expuesta a los rayos cósmicos durante los últimos 1,2 millones de años, por lo que es improbable que se haya generado a raíz de una colisión en el mismo cinturón. Quizá, aventura Jenniskens, procede de un asteroide que se rompió en un encuentro cercano con la Tierra hace 1,2 millones de años, y cuyo material aún podría encontrarse formando parte de la población de objetos cercanos a la Tierra.

A este respecto, el segundo de los estudios publicados en Nature, dirigido por el científico de la Academia de Ciencias de la República Checa Jirí Borovicka, revela que la órbita del asteroide de Chelyabinsk era similar a la de otro objeto cercano a la Tierra llamado 86039 (1999 NC43), lo que sugiere que ambos podrían proceder de la misma roca original.

Los trabajos publicados hoy sientan un precedente para analizar futuros fenómenos de este tipo y para comprender mejor la amenaza que representan otros objetos cercanos a la Tierra. Yin opina que el meteorito de Chelyabinsk ha sido una “alarma de despertador”. “Si la humanidad no quiere seguir el camino de los dinosaurios, necesitamos estudiar este tipo de eventos en detalle”, advierte. “Si en el futuro ocurriera un impacto catastrófico de un meteorito, probablemente sería un objeto de este tipo”.

El estudio de Nature dirigido por Brown muestra que los modelos actuales para predecir el daño causado por meteoritos se quedan cortos, y que el número de objetos de decenas de metros de diámetro, que pueden suponer una amenaza grave, podría ser diez veces mayor de lo estimado hasta ahora. En la misma línea, Yin señala que los grandes impactos son más frecuentes de lo que popularmente se cree; como ejemplo, en 1976 se recuperaron cuatro toneladas de material de una lluvia de meteoros en Jilin, China. “Chelyabinsk sirve como un privilegiado punto de calibración de impactos de meteoritos de alta energía para nuestros futuros estudios”, apunta Yin. El científico insiste en la necesidad de disponer de tecnología para la detección temprana de estas amenazas, como el Large Synoptic Survey Telescope actualmente en desarrollo.
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