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La contaminación informativa

Esto de las informaciones “científicas”, especialmente las muy prometedoras y engañosas que se refieren a la salud se ha convertido en un peligro. Uno ya no sabe a quién creer y cuando piensa que los estudios en que se basan son serios viene otra “investigación” que revela resultados absolutamente opuestos.

Desde niño me dijeron que comer demasiados huevos era peligroso pues su consumo me aumentaba el colesterol y que con los años sería presa fácil de las enfermedades cardiovasculares; que no comiera tocino(bacon) porque multiplicaba ese mismo peligro; que la mantequilla era dañina para la salud y que la sustituyera por la margarina.

EFE/STR

Pero ahora dicen los nuevos estudios que los huevos no tienen nada que ver con el colesterol, que el consumo de tocino alarga la vida y que tanto la margarina como la mantequilla no tienen mayor influencia en la mala o buena salud de una persona. Uno no sabe a quién creer.

También hay estudios sobre los efectos “espectaculares” de un medicamento. Lo malo es que no dicen que la investigación fue financiada por la farmacéutica que produce el medicamento “milagroso” y, de manera muy conveniente, se abstienen de dar mucha información sobre sus efectos secundarios.

En muchos casos la noticia sobre el medicamento se da a conocer sin que al redactor o el editor de la publicación le preocupe mucho el hecho de que no tiene mucho asidero y que más bien constituye un instrumento propagandístico de la farmacéutica.

En el terreno propiamente científico la situación es similar y son muchas las informaciones que salen a la luz pública sin que el periodista tenga el menor sentido de responsabilidad y sopese el pánico que pueda producir.

El mejor ejemplo lo puso un diario argentino que hace algunas semanas dio a conocer a través de su sitio en internet que nuestro planeta estaba amenazado por la inminente colisión de un asteroide y que el choque estaba a punto de ocurrir con la consiguiente catástrofe.

La “noticia” no duró mucho en el espacio cibernético y a las pocas horas el diario la sustituyó por una aclaración en la que descartaba que el asteroide 2014-YB35 fuese peligroso para la Tierra “como había trascendido”.

Más bien, el paso del ese vagabundo cósmico debía producirse a una distancia casi doce veces la que separa a la Tierra de la Luna (unos 4,35 millones de kilómetros). “No hay ningún peligro de colisión”, dijo el diario.

Recreación del asteroide. NASA/ESA/M.A, Garlick, U. de Warwick y U. de Cambridge.

Pero el problema de la desinformación o de la información interesada va mucho más allá y “el plagio, el fraude y las publicaciones depredadoras” están corroyendo la confiabilidad de las investigaciones científicas.

Según Arthur Caplan, director de la División de Ética Médica del Departamento de Salud Poblacional del Centro Médico Langone, en Nueva York, la comunidad científica enfrenta un problema de contaminación de las publicaciones académicas que amenaza “la confiabilidad, utilidad y valor de la ciencia y la medicina”.

En un informe publicado por la revista Mayo Clinic Proceedings, Caplan afirma que ni las autoridades ni quienes confían en la verdad de la ciencia y la medicina han dado la alarma ni han tomado medidas para resolver el problema con la debida energía.

Una fuente contaminante son las revistas pseudocientíficas que cobran a los autores por la publicación de sus informes. Estas publicaciones “depredadoras” constituyen actualmente el 25 por ciento de todas las revistas de libre acceso, según manifiesta.

“No sólo proporcionan una oportunidad para que los académicos y empresas inescrupulosos aumenten su prestigio y su bibliografía con artículos tramposos…también dificultan la tarea de quienes deben distinguir lo que tiene valor y lo que es basura”, señala Caplan.

Científicos tramposos


Según un informe publicado por la revista PLOS One en 2009, un alto porcentaje de estos científicos tramposos que difunde estudios en aquellas publicaciones plagia información de otras investigaciones, simplemente la falsea o acude a otros métodos “cuestionables”.
“Todos estos factores contaminantes limitan la capacidad tanto de científicos como de los médicos de confiar en lo que leen, devalúan la ciencia verdadera y socavan la capacidad de reproducir verdaderos logros” en el campo de la salud y de la ciencia en general, dice Caplan.

Pero más que eso en el terreno de la salud, “constituyen un enorme costo en lo que se refiere a discapacidad o muerte cuando las pruebas, tratamientos e intervenciones quirúrgicas se basan en afirmaciones que no tienen ningún asidero”.

Para resolver el problema de la contaminación informativa, “de manera proactiva y agresiva”, el científico propone la búsqueda de un consenso entre las autoridades del mundo científico y de la salud.

“La moneda de la ciencia es frágil y permitir que los falsificadores, los artistas del fraude, los estafadores y los tramposos sigan operando en un mundo editorial indiferente es inaceptable”, afirma.

Y hasta que esos delincuentes de la información científica y de salud no sean neutralizados habrá que seguir tomando las noticias de ese ámbito con pinzas y mucha, mucha desconfianza.
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