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¿Cuándo vendí mi alma a las redes sociales? Por (*) José Luis Dovale Santamaría (Procesia)

¿Cuándo vendí mi alma a las redes sociales? Por (*) José Luis Dovale Santamaría (Procesia)

Si le pidiera que viniera a trabajar a mi empresa dos horas diarias, todos los días de la semana sin pagarle absolutamente nada y, durante ese tiempo tuviera que contarme su vida, lo que piensa, sus hábitos sexuales, de compra, deportivos, profesionales y lo que suele comer… Si le pidiera que me dijera los lugares por los que se mueve regularmente, quiénes son sus amigos, todo lo que sabe de ellos, cuánto ganan y cuánto gana usted, así como sus creencias religiosas, políticas, conductuales, sindicales, etc. Y eso solo para empezar, pues ya se me ocurrirán cosas para preguntarle en el futuro como sus signos vitales y la frecuencia con la que se enferma; aunque no tenga la necesidad que hacerlo, porque usaré la neurociencia para que cada día que pasa quiera contarme más cosas y más cosas además de querer venir más temprano a “trabajar”… ¿Cómo se sentiría?


No olvide que toda esa información desde el momento en que me la cuente, ya no será suya, será sólo mía puesto que me la ha “regalado” y podré hacer lo que yo quiera con ella, entre otras cosas, pasarle esos datos a mis “colegas” para que, si quieren, puedan hacerle bullying a sus hijos o estos mismos niños influencien a sus padres para votar por el partido político que más convenga a nuestras empresas. ¿Lo haría? ¿Pensaría que se trata de una secta? ¿Qué le estoy pidiendo que me venda su alma? ¿al menos que se trata de un contrato leonino, con intereses espurios? ¿una propuesta de esclavitud o intento de secuestrar su vida? ¿Se reiría de mí por la absurda propuesta que le acabo de hacer? ¿Me insultaría? Todas serían reacciones comprensibles, pero, ¿podría decirme en qué se diferencia mi propuesta de la de las redes sociales? ¿Tal vez en la forma de decir las cosas o en el número de eufemismos que he utilizado?


Dos horas es justamente la media de tiempo que la población española “invierte” en las redes sociales al día (de las cinco y media que estamos conectados a Internet), según el estudio publicado este año por Hootsuite (la plataforma de gestión de redes sociales más utilizada) y We Are Social (agencia creativa especializada en social media), en mi opinión, un valor muy por debajo de lo común, pero la media es la media. Lo que realmente importa es si nos damos cuenta de que estamos regalando nuestro tiempo y otro se está lucrando con él. Se enriquece promocionándose como el que tiene un producto “atractivo”, cuyos usuarios se comportan más como adictos que como consumidores, así que tiene un mercado fidelizado. Es natural entonces que todos los fabricantes se peleen por anunciarse allí, sin importar el precio, para que recibamos su publicidad sin darnos cuenta.


Las redes sociales se lucran también dándole acceso a nuestra información a todos esos “vendedores” de productos que no necesitamos para que nos los ofrezcan en los momentos de más vulnerabilidad emocional o mayor poder adquisitivo, que son nuestros momentos de mayor debilidad. ¿Interesante, no? Parece que de ese producto tan “atractivo” todos se benefician menos quien lo consume. Me vienen a la mente productos similares, pero la mayoría son ilegales.


Los usuarios son el eslabón más débil de cualquier sistema”, así se pronunciaba en los años 90 Kevin Mitnick, para algunos, el padre de la Ingeniería Social, para la ley estadounidense, simplemente alguien que no puede volver a tocar un ordenador en lo que le resta de vida. Lo cierto es que se trataba de una persona carismática y empática, capaz de persuadir a las personas de hacer cosas que les afectaban sin que fueran conscientes de ello, dado que su área de especialización no era algo muy ético. Acabó en la cárcel.


Los grandes ingenieros sociales de nuestra época ya no son personas, son estas grandes y opacas empresas que han venido creciendo desmesuradamente en la última década comerciando con nuestros datos y tiempo personal. Cabría preguntarse: ¿Es la información más importante que la persona? ¿Es la ética posterior a la tecnología? ¿Es su vida un simple conglomerado de datos sólo útil si puedo venderle algo que sé que no necesita? ¿No debería la tecnología proteger a las personas y facilitarles la vida en lugar de exponerlos cada día a riesgos nuevos e innecesarios?


La solución sin duda empezará con la educación y pasará por la concienciación colectiva; por ello todas las empresas (independientemente del tamaño) deberían de invertir tantos recursos como sean necesarios para concienciar a sus trabajadores de forma tal que su comportamiento frente a la información sensible cambie primero en su vida personal y posteriormente en lo laboral, pues “los buenos hábitos empiezan en casa”. Y en las escuelas, tal vez sea necesario incluir nuevos ítems de estudio, nuevos conocimientos que hagan conscientes a nuestros jóvenes de las consecuencias (tanto positivas como negativas) de cada publicación que conforma su huella digital, que les enseñe a no instalar apps con fe ciega, casi religiosa, nuevos conocimientos que conviertan a la educación actual en una herramienta útil para la vorágine de revolución tecnológica en la que vivimos.


(*) José Luis Dovale Santamaría, Experto en Seguridad y RGPD en Procesia.


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