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El idioma de los Neandertales

El idioma de los Neandertales
Resumen gráfico de la teoría propuesta por los investigadores. Las fechas, los linajes y la relación genealógica entre ellos son tentativos. Imagen cortesía de Dan Dediu y Stephen C. Levinson.

 

La avalancha de datos que se han obtenido en los últimos tiempos parece indicar que nuestros primos los Neandertales eran mucho más parecidos a nosotros de lo que se imaginaba hasta hace incluso una década. Esta certeza ha llevado a los investigadores a preguntarse, ¿y también tenían una lengua y un discurso con los que expresarse? Y de ser así, ¿qué implicaciones tendrían para entender la diversidad lingüística de hoy en día?

Los investigadores del Max Planck Institute for Psycholinguistics, de Nijmegen (Holanda), Dan Dediu, miembro del departamento de Lenguaje y Genética, y Stephen C. Levinson, integrante del departamento de Lenguaje y Conocimiento, muestran en su estudio Frontiers in Language Sciences (‘Fronteras en las Ciencias Lingüísticas’) que el lenguaje y el discurso modernos pueden ser rastreados hasta el último ancestro común que compartimos con los Neandertales, situado hace aproximadamente medio millón de años.

Los Neandertales han sido un tema fascinante para los miembros del mundo académico y el público general desde su descubrimiento hace casi 200 años. Inicialmente entendidos como unas bestias subhumanas incapaces de cualquier cosa más allá de los gruñidos más primitivos, en realidad fueron un exitoso tipo de Humanidad que habitó amplias franjas del oeste de Eurasia durante cientos o miles de años, tanto en épocas más duras como en los periodos más benévolos entre las glaciaciones.

Se sabía que eran nuestros primos más cercanos y que compartíamos un mismo antepasado común situado hace medio millón de años aproximadamente (probablemente, el Homo Heidelbergensis), pero no estaba claro cuáles eran sus capacidades cognitivas, ni por qué los humanos triunfaron y les reemplazaron después de cientos o miles de años de cohabitación en territorios comunes.

Recientemente, debido a los nuevos descubrimientos paleoantropológicos y arqueológicos y a la reevaluación de los datos antiguos, y de forma muy especial a la disponibilidad del ADN antiguo, la ciencia ha empezado a darse cuenta de que nuestros destinos están mucho más entrelazados de lo que se creía y que, lejos de ser bestias alejadas de nosotros, sus habilidades cognitivas y culturales son bastante comparables a las de los humanos contemporáneos.

Dediu y Levinson han revisado todos estos cabos de la literatura científica y han alcanzado una argumentación según la que, esencialmente, el idioma moderno y la capacidad de discurso son una característica de nuestro linaje que puede ser rastreada hacia atrás en el tiempo al menos hasta el antepasado más reciente que compartimos con los Neandertales y los Denisovanos (otra forma de Humanidad conocida en nuestros días, esencialmente, por su genoma).

Su interpretación de la ambigua lectura intrínseca que se ha dado a las escasas evidencias existentes va en contra del escenario que tradicionalmente ha sido asumido por la mayoría de los científicos del lenguaje, especialmente contra la parte que achaca su aparición a una repentina y reciente emergencia de la evolución, presumiblemente debida a una única, o a lo sumo a unas pocas, mutaciones genéticas.

Esta teoría retrasa el origen del lenguaje contemporáneo desde el arco de entre 10.000 y 50.000 años que habitualmente se ha dado como válido hasta alrededor de hace un millón de años, en algún lugar entre el origen de nuestro género –Homo-, hace en torno a 1.8 millones de años, y el surgimiento del Homo Heidelbergensis. Esta revisión de las evidencias refuta los escenarios ‘saltacionistas’, en los que una simple mutación catastrófica en un único individuo habría motivado, repentinamente, el surgimiento de una lengua, y sugiere que una acumulación gradual de innovaciones biológicas y culturales es mucho más plausible como causa inicial del desarrollo de nuestras habilidades comunicativas.

Es interesante entender, por tanto, que puesto que los registros arqueológicos y los datos obtenidos de forma más reciente con los análisis genéticos muestran que los humanos se propagaron desde África, interactuando tanto genética como culturalmente con los Neandertales y los Denisovanos, y que está demostrado que nuestros cuerpos conservan algunos de sus genes, podría ser que nuestro lenguaje conserve también algunas trazas del suyo.

Esto significaría que al menos algunas de las diversidades lingüísticas observadas son debidas a esos antiguos encuentros entre miembros de los dos linajes, una idea que se puede comprobar comparando las propiedades de las lenguas africanas con las de las no africanas, y con detalladas simulaciones computerizadas de la expansión del lenguaje.

Los científicos han considerado que los datos actualmente disponibles se adaptan mejor a un escenario gradual, en el que la acumulación de pequeños cambios genéticos y culturales a lo largo de un largo periodo de tiempo han evolucionado en la lengua y el discurso que ahora conocemos. Antes del último antepasado común, este proceso evolutivo podía haberse dado en formas de lenguaje y discurso muy similares a las que hemos presenciado, pero la evolución no se detuvo en ese momento, sino que continuó por separado.

En ambas dinastías humanas los cambios ha continuado acumulándose hasta dar lo que conocemos como nuestro lenguaje hoy, y en algo sobre lo que sólo podemos especular puesto que no tenemos muestras reales de su existencia, pero que sería bastante parecido a lo nuestro, en el caso de los Neandertales. El marco conceptual, por tanto, atribuye a los Neandertales un discurso moderno, con doble articulación (con la fonética y el léxico separados), algunos significados sistemáticos de combinaciones de palabras (sintagmas) y un esquema correlativo de significado y usos principales (praxis).

 
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