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El lejano exoplaneta

El descubrimiento de un exoplaneta como la Tierra y quizás con agua en su superficie ha desatado una vez más la imaginación de los convencidos de que no estamos solos y de que en algún remoto lugar del Universo hay vida como la que conocemos.

El Kepler-186f, con un radio un poco mayor que el de la Tierra, es un planeta posiblemente rocoso que gira en una órbita a una distancia de su Sol que lo pondría en una zona en la que, si existe agua en su superficie, ésta podría encontrarse en estado líquido.

Fue descubierto por los astrónomos con datos proporcionados por el telescopio Kepler de la NASA lanzado al espacio en 2009 con el objetivo central de buscar exoplanetas en zonas “habitables” de la Vía Láctea que pudieran albergar actividad biológica.

Kepler-186f es el quinto cuerpo exterior del sistema planetario del Sol Kepler-186 y los cinco planetas fueron descubiertos mediante el método de tránsito que detecta los cuerpos que giran en sus respectivas órbitas y provocan una disminución en la luminosidad de su Sol al pasar frente a él. Esa estrella es más pequeña que nuestro Sol y de radiación menos intensa.

NASA 


Para muchos el carácter rocoso, el tamaño y la posición en una zona habitable serían suficientes para alentar las esperanzas de que se ponga fin a nuestra soledad en el Universo, tal vez dentro de las próximas generaciones.

Pero el hecho de que pudiera ser rocoso y de que haya agua en su superficie no son características todavía confirmadas y no bastan para propiciar las condiciones para el surgimiento de actividad biológica.

Deben cumplirse muchas condiciones similares a las de la Tierra como la de la fuerza de gravedad, la existencia de minerales cruciales como el carbono y la de gases como el helio, el hidrógeno, el nitrógeno y el oxígeno. Pero más importante aún es la radiación que emite ese Sol y que el planeta necesita para desarrollar la vida.

El tamaño del planeta y su masa (que en el caso de Kepler-186f no está aún determinada) influyen en su fuerza gravitatoria y su capacidad para atraer gases como el hidrógeno y el helio. En el caso de este exoplaneta son escasas las posibilidades de que se haya cubierto de un manto protector formado por ambos gases lo que a su vez aumenta las posibilidades de que tenga una superficie similar como la de la Tierra.

En nuestro Sistema Solar los planetas como la Tierra, Marte y Venus, crearon sus respectivas atmósferas cuando los gases volcánicos como el dióxido de carbono y el agua surgieron desde su interior. La Tierra, que por supuesto se encuentra en una zona habitable, gira en torno al Sol a una distancia que permite la existencia de agua en estado líquido.

Por el contrario, planetas como Venus que están más cerca del Sol han perdido su agua debido a la radiación más intensa y están envueltos en gran parte por dióxido de carbono. Marte, más lejos del Sol, tiene agua en su superficie pero sólo en forma de hielo porque la radiación es mucho menos intensa.
Stephen Kane, astrónomo de la Universidad Estatal de San Francisco, y uno de los científicos que participó en el descubrimiento, dice estar muy entusiasmado por las posibilidades de estudio que ofrece Kepler-186f.

Pero también se muestra muy cauteloso y prefiere no ser demasiado optimista: “Alguna gente llama habitables a estos planetas y no tenemos idea si lo son realmente. Sólo sabemos que están en una zona habitable y ese es el mejor lugar para comenzar a buscar”, señala.

Sin embargo, las esperanzas de los optimistas no son infundadas. Con millones de galaxias y miles de millones de planetas, alguno habrá en el Universo que sea exactamente igual a la Tierra y en un proceso evolutivo similar.

Seguro que más allá de la Vía Láctea, en la profundidad insondable, a miles de millones de años luz de la Tierra, adonde nunca podremos llegar físicamente, hay un hermoso cuerpo planetario azul y rocoso, cubierto en gran parte por agua, nubes, desiertos, selvas, montañas y ciudades habitadas por seres en proceso de evolución o parte de una civilización avanzada.

El problema no es si existen o no esos planetas. La dificultad insoluble es que nosotros y las generaciones que vengan nunca podremos saberlo. Habrá que esperar que alguien invente un medio de viajar más rápido que la luz y desafíe el concepto que tenemos del tiempo, el espacio y las realidades de la astrofísica.
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