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El mundo es ancho pero no tan ajeno

Los estadounidenses tienen bastante razón cuando afirman que Cristóbal Colón nunca descubrió América en 1492. Pero aceptan que sí fue el primer europeo que llegó de forma documentada al continente.

Más de 10.000 años antes que Colón y los tripulantes de sus tres carabelas avistaran el Nuevo Mundo en su búsqueda de una nueva ruta hacia el continente asiático, el territorio americano ya estaba poblado por inmigrantes que llegaron en tres oleadas y que se mezclaron para desplazarse desde la gélida Alaska hasta el extremo austral de Sudamérica. 

EFE/FERNANDO BIZERRA JR.

Según un análisis publicado por la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, el estudio de la mitocondria de nativos americanos de Canadá y Estados Unidos ha puesto de manifiesto que éstos tenían una identidad genética muy clara y precisa que determina su origen común, el cual coincide con el de otros indígenas del continente.

La mitocondria es la fuente de energía de las células y es transmitida sin cambios de madre a hijo, una característica que sirve para establecer el origen de una persona.

Según Andrew Kitchen, antropólogo de la Universidad de Iowa, los primeros habitantes del continente hicieron su aparición hace entre 15.000 y 18.000 años procedentes desde Siberia a través del estrecho de Bering en el extremo septentrional del continente. Una de esas oleadas emigró al sur pero también muchos de sus miembros se mezclaron con la que permaneció en el norte, en lo que es ahora el territorio de Canadá.
Esos primeros habitantes antecedieron a los vikingos que hollaron el continente muchos siglos antes de plantearse en Europa la idea de emprender la aventura comercial de establecer una nueva ruta hacia los tesoros de Asia y que terminó encontrándose con el inmenso territorio que es ahora el Nuevo Mundo.

Y eso del origen asiático de los primeros pobladores del continente americano parece ser totalmente cierto. Basta observar a los nativos puros que habitan desde los bosques de Canadá, pasando por las llanuras de Estados Unidos, las selvas centroamericanas y las sierras andinas para ver que sus ojos y los rasgos de la cara tienen características similares a las de los habitantes de Mongolia o del interior del inmenso territorio ruso.

Por otra parte, existe la teoría, muy documentada con fósiles y otros medios científicos, de que el hombre moderno apareció primero en África y que desde allí, en el paso de los siglos, comenzó a poblar los territorios de Europa y Asia.

En el caso de América, podría añadirse la teoría de que también hubo una contribución demográfica de inmigrantes que se atrevieron a atravesar el mal llamado Océano Pacífico desde las islas de la Polinesia para llegar a las costas de Chile y Perú y hasta Ecuador.

Aunque está virtualmente descartada la teoría de que los polinesios llevaron las primeras gallinas al continente americano, en el extremo sur chileno parecen sobrevivir algunos resabios de influencia polinésica.

Uno de ellos es el “curanto”, un cocimiento popular de carnes que se hace en un agujero en el suelo y se cubre con piedras calientes así como algunas palabras que, según los lingüistas, tienen su origen en los dialectos de las islas del Pacífico.

Sí está mucho mejor documentado el hecho de que los polinesios fueron grandes navegantes que llegaron a Nueva Zelanda, Australia y otros archipiélagos y territorios del Pacífico, incluyendo la Isla de Pascua cuya población es innegablemente polinésica.
Cuando el hombre se convirtió en “erectus” comenzó a utilizar sus piernas para deambular por el mundo y los que quieren frenar su eterna migración sólo están impidiendo que vuelva a su punto de origen o a lugares donde ya estuvieron sus remotos antepasados.

¿No ocurre así con los africanos que buscan mejores horizontes en Europa? ¿o con los asiáticos que llegan al continente americano? ¿o con los latinoamericanos que buscan una nueva vida en Estados Unidos?
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