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La aparición de un misterioso planeta de lava de tamaño similar a la Tierra desconcierta a los astrónomos

La aparición de un misterioso planeta de lava de tamaño similar a la Tierra desconcierta a los astrónomos
 

 

Según las normas por las que se rige la astronomía, no debería existir, ya que ni pudo formarse donde se encuentra, ni tampoco desplazarse hasta ahí.

Kepler-78b es un planeta que no debería existir. Este abrasador mundo de lava da una vuelta en torno a su estrella cada ocho horas y media a una distancia de menos de once millones de millas de ella, lo que supone una de las órbitas más ajustadas que se conocen. De acuerdo con la actual teoría sobre la formación de los planetas, ni se podría haber formado tan cerca de su estrella ni se podría haber desplazado hasta allí aunque se hubiera formado en otro lugar.

“Se trata de un planeta completamente misterioso –detalla el astrónomo David Latham, del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics (CfA)-. No sabemos cómo se formó o cómo llegó a donde se encuentra hoy en día. Lo único que sabemos es que no va a perdurar para siempre”.

“Kepler-78b va a dejar de ser como ahora lo estamos conociendo muy pronto, astronómicamente hablando”, coincide el astronomo del CfA Dimitar Sasselov.

Pero Kepler-78b no sólo es un mundo misterioso, sino que se trata del primer planeta conocido con un tamaño y una densidad iguales a los de la Tierra. Kepler-78b es en torno a un 20% mayor que la Tierra, con un diámetro de 9.200 millas, y un peso de unas dos veces la de nuestro planeta, como máximo. Como resultado de estas medidas, su densidad es similar a la de la Tierra, lo que sugiere que podría tener una composición parecida a la de ésta, a base de piedra y hierro.

Lo ajustado de la órbita de Kepler-78b introduce un desafío para los teóricos. Cuando este sistema planetario estaba en formación, la joven estrella era mayor de lo que es ahora. Como consecuencia de ello, la órbita actual de Kepler-78b habría estado dentro de la estrella ‘engordada’ si se hubiera formado ahí.

“No se pudo haber formado en el lugar en el que se encuentra porque no se puede formar un planeta dentro de una estrella. Y tampoco se pudo formar más lejos y luego migrar hacia el interior, porque habría hecho un camino migratorio dentro de la estrella existente. Este planeta es un enigma”, explica Sasselov.

De acuerdo con Latham, Kepler-78b es un miembro de una nueva clase de planetas recientemente identificados en los datos que han sido tomados por la sonda espacial Kepler, propiedad de la NASA. Estos mundos ahora encontrados completan la órbita alrededor de su estrella de referencia, en todos los casos, en un periodo de menos de 12 horas. También son pequeños, en la línea del tamaño de la Tierra. Kepler-78b es el primer planeta dentro de esta nueva tipología del que se ha medido la masa. “Este planeta es el niño que tomamos como referencia para esta nueva clase de planetas”, completa Latham.

El equipo estudió al Kepler-78b usando un espectrógrafo de alta precisión recientemente encargado, conocido como HARPS-North, en el observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma. Los científicos que se encontraban allí coordinaron su trabajo con un segundo equipo independiente que estaba utilizando el espectrógrafo Hires en el Observatorio Keck. Las mediciones de los dos grupos de astrónomos coincidieron, lo que dio más credibilidad a los datos obtenidos.

Kepler-78b es un mundo condenado. Las mareas gravitacionales tirarán de él hasta mucho más cerca de su estrella de lo que ahora se encuentra. Se situará tan cerca que la gravedad de la estrella desgarrará ese planeta, de forma que los teóricos predicen que Kepler-78b se desvanecerá dentro de los próximos 3.000 millones de años.

Es interesante pensar que nuestro Sistema Solar podría haber albergado un planeta como Kepler-78b. De haber sido así, el planeta habría sido destruido hace mucho tiempo, sin dejar ningún signo que los astrónomos puedan reconocer hoy en día. El Kepler-78b orbita alrededor de una estrella del tipo G, similar al Sol, que está localizada a 400 años luz de la Tierra, en la constelación Cygnus.

 
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