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La huella ecológica no sirve: Los humanos no estamos usando más de un planeta

El video describe cómo funciona la tradicional huella ecológica y sus limitaciones


Desde mediados de 1990, ecologistas, políticos e investigadores han utilizado a menudo un concepto llamado la huella ecológica para cuantificar la salud relativa del planeta bajo la influencia de la actividad humana y de la industria. De acuerdo con esa medida, la huella ya ha dejado atrás el planeta que pisamos: los humanos ahora utilizamos 1,5 planetas Tierra para apoyar nuestro bienestar. El concepto incluso ha dado lugar al simulacro de un día de fiesta, llamado el “Día Mundial en el que nos pasamos de la raya”, que marca la fecha anual en la que los seres humanos han agotado los recursos naturales renovables que deberían haberles sustentado durante todo el año. Este año cayó el 20 de agosto.

Pero un nuevo análisis sugiere que el tamaño de nuestra huella, la de siete mil millones de personas juntas, se ha medido equivocadamente. “La huella ecológica original es una buena metáfora y una buena manera de conseguir que pensemos en el uso excesivo del planeta, pero lo que realmente queremos de una huella es que sea una herramienta de gestión” dice Peter Kareiva , coautor del estudio que se acaba de publicar en la revista PLoS Biology.

Kareiva es director científico de The Nature Conservancy, un grupo ecologista que ha utilizado el concepto de huella ecológica de vez en cuando, pero que ahora aboga por una mejor métrica. “Me gustaría que la gente no se contentase con la huella ecológica actual y tratara de llegar a medidas que realmente aporten datos sobre el agua, la tierra y todas las formas en que se degradan los ecosistemas, de forma que se convertiría en un parámetro real de gestión”.

En el nivel más básico, la huella ecológica incorpora seis medidas (el espacio cubierto por las ciudades, la contaminación de dióxido de carbono, los campos de cultivo, la pesca, los bosques y los terrenos sin explotar) que revelan la superficie total de los ecosistemas terrestres y el agua requerida por las poblaciones humanas para producir los bienes ambientales y servicios que consumen, y para asimilar sus residuos de carbono. Esta es una aproximación a la definición de William Rees, un investigador de planificación urbana de la Universidad de Columbia Británica, y Mathis Wackernagel, director de la Red de la Huella Global, que se unieron para desarrollar esta métrica.

La esencia del reciente estudio contra la huella es que, a nivel mundial al menos, en la medida todo se reduce a la asimilación de CO2. Esto es así porque, por definición, las tierras de cultivo, las tierras de pastoreo, el espacio que ocupan las ciudades y otras métricas de uso del suelo y del océano no puede superar el tamaño del planeta, aspecto que incluso Rees y Wackernagel reconocen . “A diferencia de las naciones y de las regiones, la Tierra no puede importar de otros sitios la biocapacidad de las tierras de cultivo, y por lo tanto no puede presentar déficit”, según apuntaron los mismos Rees y Wackernagel en una réplica a la crítica.

Por lo tanto, desde un punto de vista global, la acumulación de CO2 en la atmósfera es la única razón por la que la huella ecológica de la humanidad es más grande que la Tierra misma. Lo que la huella ecológica significa, en términos físicos, es que el mundo no tiene suficientes bosques para absorber todo el exceso de CO2 de la quema de combustibles fósiles y otras actividades humanas. “Se nos dice que los bosques no están absorbiendo todo el gas de las emisiones industriales, pero todos ya sabíamos eso antes”, dice Linus Blomqvist, director del Programa de Conservación y Desarrollo del Breakthrough Institute, un think tank dedicado al medio ambiente. La huella ecológica, comenta Blomqvist, es “un intento fallido en la medición de la capacidad de carga” del planeta.

 


La deforestación es una de las causas por las que el planeta es incapaz de absorver todo el CO2 que se produce.


La humanidad podría reducir el tamaño de su huella aumentando drásticamente la absorción de carbono por parte de los árboles en todo el mundo mediante, por ejemplo, la sustitución de bosques por plantaciones de árboles de crecimiento rápido como el eucalipto . Pero eso difícilmente sería bueno para el planeta, apunta Kareiva, ya que los bosques naturales ofrecen otros beneficios, tales como el fomento de la diversidad de animales, hongos, insectos, microbios y plantas. Tampoco la huella revela nada específico sobre el posible abuso de las tierras de cultivo o pastoreo, la deforestación mundial o incluso el impacto de las ciudades en expansión.

La alternativa que Kareiva prefiere es lo que él llama un “Proyecto Genoma de la Tierra”, una recopilación de datos que actúan a nivel local sobre el uso del agua, la degradación del suelo y, sí, también el gas de efecto invernadero y otros contaminantes del aire. Este sistema podría revelar si el nivel freático local estuviera cayendo o si el pastoreo fuera demasiado intenso en un paisaje dado, exactamente el tipo de juicios que la huella ecológica global es incapaz de hacer. “Se podría producir un pastoreo excesivo en una tierra árida y convertirla permanentemente en un desierto, esto sucede en un umbral local”, explica Kareiva, quien añade “tenemos que poner el foco de atención en los umbrales locales, porque nos dicen el riesgo de alcanzar el siguiente grado de degradación”.

La huella ecológica puede, sin embargo, revelar conexiones importantes a nivel nacional e internacional, según indican Rees y Wackernagel. Así, por ejemplo, a pesar de que los canadienses tienen un tamaño de huella reducido, pueden exportar su excedente de tierras agrícolas, de bosques y de pesca a países como los EE.UU. y China, que tienen huellas de gran tamaño. “La mayoría de los países están en déficit ecológico, y son cada vez más dependientes de un comercio asentado en una biocapacidad potencialmente poco fiable si nos atenemos a las evaluaciones de la huella ecológiva”, según creen  Rees y Wackernagel.
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