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Las gemelas chinas y la sociedad del futuro. Por (*) Javier Novo

Las gemelas chinas y la sociedad del futuro. Por (*) Javier Novo
La reciente noticia sobre la modificación del genoma de dos gemelas chinas mediante la técnica de CRISPR/Cas9 ha revolucionado el ámbito científico y nos ha hecho revisar los límites éticos de la manipulación genética.

Cabe recordar que CRISPR/Cas9 es una tecnología de corrección genética descubierta en 2012 y todavía en fase de desarrollo y optimización; entre otros problemas, desconocemos los posibles daños no deseados que puede introducir. El Dr. He Jiankui ha utilizado CRISPR para crear embriones más resistentes a la infección por el VIH. El resultado fue el nacimiento de una pareja de gemelas. En una de ellas solo se alteró con éxito una copia del gen y sigue siendo susceptible al virus, además de haber sido expuesta a un riesgo muy alto de alteraciones genéticas.

La comunidad científica se pregunta cómo ha podido suceder esto. Pocos días después del anuncio de este experimento, el comité organizador de la Segunda Cumbre Internacional sobre Edición del Genoma Humano celebrada en Hong Kong emitió un comunicado diciendo que, “incluso si las modificaciones son verificadas, el procedimiento fue irresponsable y no se ajustó a las normas internacionales”. Sin embargo, opino que se trata de un escándalo un tanto farisaico; al parecer, lo único que preocupa a la comunidad científica es que He no haya rellenado todos los papeles ni seguido los procedimientos que se exigen habitualmente en este tipo de investigaciones. Eso está mal, pero me parece preocupante que todo el debate ético se reduzca a esas cuestiones cuando lo que está en juego es algo mucho más importante.

El punto que exige reflexión es la conveniencia de modificar genomas de embriones, en qué circunstancias y con qué fin. El mantra de que “solo se debería utilizar para curar graves enfermedades” suena muy bien, pero cuando se entra en detalle resulta difícil nombrar una situación en que la corrección genética de embriones ofrezca un beneficio claro sobre otras alternativas más seguras, fiables y asequibles. La razón es obvia. En el caso de enfermedades genéticas que se transmiten de forma dominante, solo la mitad de los embriones llevarán la mutación causante de la enfermedad; la práctica estándar en la actualidad es el diagnóstico genético y la implantación de embriones no mutados. En comparación, la única investigación realizada para evaluar el uso de CRISPR en embriones con una enfermedad genética, publicada en agosto de 2017, logró un 75% de embriones con genomas correctos. Pasar del 50% al 75% de embriones sanos no justifica los riesgos de la intervención.

Por tanto, si la corrección genética de embriones llega a implantarse, dudo mucho que sea para “curar graves enfermedades”. El escenario de futuro más plausible, como demuestra el experimento del Dr. He, es que se llevará a cabo con la finalidad de añadir alguna característica, ausente en los padres, que se considere beneficiosa; es decir, crear humanos mejorados genéticamente: con más músculo, con más inteligencia o más longevos. De ahí que el auténtico debate no debería centrarse en cuántos formularios hay que cumplimentar, sino en la cuestión de la que pocos se atreven a hablar: si hemos de trazar alguna línea roja a la modificación de genomas de embriones humanos.

Se trata de un debate urgente. Otros países ya han hecho propuestas. En 2015, los Institutos de Salud de los Estados Unidos emitieron un comunicado afirmando que, además de la ausencia de indicaciones médicas claras, la modificación genética de embriones no debería hacerse debido a la incertidumbre sobre su seguridad y la cuestionable ética de introducir cambios que afectarán a generaciones futuras sin contar con su consentimiento. Este año, un think-tank británico para cuestiones de bioética propuso que la edición genética nunca debería poner en peligro el bienestar de la persona ni introducir desventajas, discriminación o división en la sociedad. A mi juicio, la modificación de genomas embrionarios con fines de mejora genética no cumple ninguna de estas condiciones y debería ser rechazada, principalmente por dos razones.

En primer lugar, por responsabilidad con la naturaleza. Nuestros genomas están optimizados por muchos años de evolución en condiciones ecológicas concretas, y no sabemos cómo van a responder a la rápida introducción de nuevas variantes genéticas. Preocupación que, por cierto, se extiende a las modificaciones genéticas que se están realizando con CRISPR en plantas y animales, algunas tan irresponsables como crear cerdos enanos que sirvan de mascotas.

En segundo lugar, porque la deriva eugenésica será inevitable. La posibilidad de crear niños diseñados según criterios utilitaristas dará lugar a una élite genética en los estratos más adinerados de países desarrollados. Por primera vez, la especie humana contará con una “raza” auténticamente superior, al menos en cuanto a su diseño genético; habremos generado la sociedad más desigual que la humanidad haya conocido jamás.

La próxima cumbre sobre corrección genómica se celebrará en Londres en 2021; ahora es el momento de preguntarnos qué tipo de sociedad queremos legar a las futuras generaciones y qué medidas hemos de tomar para hacerla posible.




(*) Javier Novo, catedrático de Genética en la Universidad de Navarra
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