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Los ojos artificiales que vieron el meteorito de Chelyabinsk

Imágenes de la estela del meteorito de Chelyabinsk recogidas por el satélite Meteosat-9. Eumetsat/Phil Plait.


La trayectoria del bólido que explotó sobre el cielo de Rusia en febrero de 2013 ha podido conocerse comparando los datos de ocho satélites que registraron el fenómeno y las grabaciones de videoaficionados

Cuando se trata de meteoritos, el tamaño sí importa: puede marcar la diferencia entre algunos daños materiales, heridas leves y un vídeo en la apertura de los telediarios, o el fin de la civilización. Un caso como el primero ocurrió poco después del amanecer del pasado 15 de febrero, cuando un objeto espacial del tamaño de un edificio de dos pisos y un peso de 10 toneladas penetró en la estratosfera a unos 1.500 kilómetros al este de Moscú a una velocidad de 67.000 kilómetros por hora, explotando poco después a 23 kilómetros de altura sobre la ciudad rusa de Chelyabinsk con una energía equivalente a 30 veces la bomba de Hiroshima. Las autoridades locales recogieron fragmentos del meteoro en un agujero de seis metros abierto en el hielo del lago Chebarkul, lo que llevó a determinar su composición y su procedencia, el cinturón de asteroides situado entre Marte y Júpiter.

Un ejemplo del segundo caso sucedió hace 65 millones de años, cuando un asteroide de diez kilómetros impactó en la Tierra junto al actual Yucatán (México) con una energía mil millones de veces superior a la bomba de Hiroshima y provocó la extinción de los dinosaurios y de muchas otras especies. Aunque este suceso nos resulte muy lejano en el tiempo, los expertos coinciden en que no estamos libres de una amenaza semejante. Solo hay que remontarse poco más de cien años para recordar un suceso que pudo acarrear consecuencias más graves que el de Chelyabinsk. El 30 de junio de 1908, un objeto de unos 50 metros estalló sobre el cielo de Siberia, en Tunguska, arrasando más de 2.200 kilómetros cuadrados de bosque, una extensión que casi dobla la de la ciudad de Nueva York. Y si algún día se presenta un gran asteroide por nuestros dominios, no contamos con un Bruce Willis que nos salve del armagedón.

Al menos, los amplios recursos tecnológicos hoy disponibles permiten que eventos como el de Chelyabinsk no queden sin explicación. Ocho satélites de observación de la Tierra registraron el recorrido del bólido, y un gran número de imágenes y vídeos tomados por ciudadanos de a pie son también una valiosa fuente a la hora de contrastar los datos de los instrumentos científicos para determinar exactamente cómo ocurrió.

 


Fotografía de la estela del meteorito tomada por un bloguero la mañana del 15 de febrero de 2013 a 200 kilómetros de Chelyabinsk. En el recuadro, una imagen obtenida por el satélite meteorológico del Departamento de Defensa de EE.UU. DMSP F-16. Alex Alishevskikh/Steven D. Miller, Colorado State University.


Este trabajo es el que ha emprendido un equipo de científicos dirigido por Steven Miller, de la Universidad Estatal de Colorado (EE.UU.). Los investigadores han estudiado los datos recogidos de forma fortuita por satélites meteorológicos de Europa, China, Corea, Japón y Estados Unidos. Todas estas sondas registraron la estela de humo, polvo y hielo del bólido. “Que sepamos, es la primera vez que un superbólido (gran meteorito) deja una estela en la atmósfera que ha sido detectada por satélites”, apunta Miller. Los registros han permitido a los científicos reconstruir la trayectoria del meteorito y contrastarla con la deducida de las grabaciones de los videoaficionados. “Cuando se dibujan en el espacio en 3D, ambas son muy similares. Las estimaciones por satélite muestran un recorrido que entra en la atmósfera desde el este-sureste con un ángulo muy plano, unos 18º desde la horizontal. La estela observable fue de más de 200 kilómetros, y en esa distancia descendió desde unos 90 kilómetros de altura hasta unos 20”, detalla Miller. “Estamos muy satisfechos de cómo los resultados cuadran con las estimaciones desde la superficie”, valora el director del estudio, publicado en la revista PNAS.

Según Miller, el trabajo servirá como modelo para analizar otros fenómenos similares. “El hecho de que podamos utilizar satélites meteorológicos convencionales es un hallazgo importante”. El científico destaca que esto es especialmente valioso cuando no hay testigos que puedan grabar el suceso. “Con todos los vídeos que hay del evento de Chelyabinsk, podemos preguntar: ¿para qué necesitamos satélites? La respuesta es que estos ofrecen una mejor cobertura del globo, y las posibilidades de capturarlo en vídeo son remotas si ocurre sobre el océano o en regiones despobladas”.

El método empleado subraya “la utilidad de la plataforma espacial en futuras estrategias de detección y mitigación”, algo esencial para prevenir posibles catástrofes. “Según la NASA, ahora realizamos un seguimiento activo del 95% de los asteroides que podrían extinguir la vida en la Tierra. Pero hay un número mucho mayor de objetos más pequeños, menores de cien metros, que podrían destruir ciudades. Se calcula que solo hemos identificado el 0,5% de estos objetos, así que estamos más o menos ciegos a estas amenazas”, advierte Miller, y refuerza su argumento con otro ejemplo: horas después del evento de Chelyabinsk, un asteroide de mayor tamaño llamado 2012 DA14 pasó a 27.000 kilómetros de la Tierra, más cerca que los satélites meteorológicos que orbitan a unos 36.000 kilómetros. Este objeto, de 45 metros, se considera similar al de Tunguska y al que hace 49.000 años abrió en Arizona (EE.UU.) el cráter de Barringer, de 1.200 metros de diámetro. Los expertos piensan que este objeto no está relacionado con el de Rusia y que fue una simple coincidencia.

Miller insiste en que los recursos disponibles son necesarios, pero no suficientes. “Hay redes de superficie de sensores infrarrojos, que se diseñaron para vigilar los ensayos nucleares y que son capaces de detectar eventos globalmente a través de la onda expansiva, que en el caso de Chelyabinsk dio dos veces la vuelta al mundo”. La información acumulada ofrecerá una visión más precisa de cara a futuros impactos, si por ejemplo se descubriera que su frecuencia no es aleatoria, sino que responde a un patrón. Estos estudios serían de particular utilidad para deducir si un objeto que ya ha caído puede venir acompañado de otros, “por ejemplo en el caso de sistemas de asteroides binarios o triples, que suponen el 15% de la población de asteroides cercanos a la Tierra”, escriben los investigadores en su estudio.

A  este respecto, Miller aconseja evaluar nuestras deficiencias y tomar las medidas oportunas, ya que “los satélites meteorológicos no están diseñados ni optimizados para este uso”. “Necesitaríamos un telescopio espacial, como el Hubble, el James Webb o el Kepler, dedicado a la tarea de detectar y vigilar los objetos espaciales pequeños”. Esto nos proporcionaría un sistema de alerta temprana que debería estar acoplado a un sistema espacial de mitigación, destaca Miller. “Con tiempo suficiente, desviar un objeto para evitar su colisión con la Tierra sería factible a gran distancia, pero hacerlo cuando ya está cerca requeriría medidas mucho más drásticas”, alerta el investigador.

 

 

 
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