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Merece la pena

Produce tristeza y preocupación constatar cómo desde hace varios años, cada vez menos estudiantes comienzan carreras de ciencias. El número de graduados que decide emprender una carrera investigadora es todavía menor. Sin embargo, apostar por una carrera científica merece la pena.
No nos podemos engañar: hacer una carrera de ciencias exige mucho esfuerzo, meter horas, luchar por entender conceptos y fenómenos complejos, enfrentarse a problemas difíciles. No es un camino fácil. Pero con ilusión y perseverancia, poco a poco, uno va entendiendo y va notando cómo se abre la mente y cómo se transforma su visión de la naturaleza y el mundo.

Poco a poco se desarrolla un espíritu crítico, una capacidad de observación y de admiración ante lo que nos rodea: se aprende a mirar de otra forma, a enfrentarse a los problemas con rigor, metódicamente. Y estas capacidades que son indispensables para el desarrollo de un científico, son útiles para cualquier ámbito de la vida.

La ciencia es método, es rigor, es precisión, es lógica. Sí, pero es también intuición, imaginación, creatividad. La ciencia es una actividad intrínsecamente creativa: busca soluciones nuevas, establece hipótesis de trabajo, propone nuevos enfoques, nuevas teorías, radicalmente nuevas, y, sobre todo, no deja de plantearse nuevas preguntas. A la vez que aumenta nuestro conocimiento se ensancha la frontera de nuestra ignorancia, en un proceso que nunca termina y que nunca nos deja satisfechos. En definitiva, la ciencia es una aventura que a uno le lleva a descubrir cosas nuevas, a proponer explicaciones originales, a abrir nuevos campos de conocimiento y a producir profundos cambios en nuestra forma de percibir y de situarnos en el mundo.

Tenemos tendencia a preguntarnos, por qué los medios de comunicación nos han acostumbrado a ello, ‘y eso, ¿para qué sirve?’. Estoy seguro de que para la mayoría de los científicos esa no fue la pregunta que les impulsó a realizar su trabajo y a dedicar tanto esfuerzo a sus investigaciones. En ciencia ésa no es la pregunta decisiva, la pregunta que determina el avance de un investigador por un camino o por otro. El científico se pregunta “¿Por qué?”, “¿Qué es eso?”, “¿Cómo es posible?”, “Qué pasaría si?”, etc. Lo que mueve al científico es la curiosidad, una intensa y abrumadora curiosidad, que no es otra cosa que simple y puramente un “deseo incontenible, hasta rabioso, de conocer”, de ir más lejos, de no conformarse, una agradable insatisfacción ante lo que se nos presenta como misterioso e insondable.

Curiosidad que está, además, movida por un optimismo intrínseco. Este optimismo de los científicos es heredero del optimismo de los primeros griegos que se lanzaron al excitante ejercicio intelectual de descubrir y explicar cómo funciona la naturaleza, de qué están hechas las cosas, de dónde viene todo, hacia dónde nos dirigimos, cuál es nuestro lugar en el mundo que observamos. Este optimismo no nos ha abandonado nunca desde entonces y es uno de los grandes pilares de la ciencia. Porque los griegos creían, y nosotros creemos, que la naturaleza juega limpio y siempre acaba mostrando sus secretos si sabemos hacer las preguntas adecuadas y buscar las respuestas con rigor y perseverancia. Albert Einstein, que tantas frases nos dejó, expresó esta creencia al afirmar “Dios puede ser sutil, pero no malicioso”.
Y hoy más que nunca, hoy que estamos constantemente bajo la sombra de la crisis, de los recortes y de un pesimismo generalizado, quiero reivindicar este optimismo inherente a la ciencia.

Espero que los estudiantes de bachillerato que acudan a los “Encuentros con Premios Nobel” que se celebran en el marco de Passion for Knowledge – Quantum13 se contagien de este optimismo y comprueben con el paso de los años que apostar por una carrera de ciencias merece la pena.

Igor Campillo, director ejecutivo de Euskampus y secretario general del festival Passion for Knowledge – Quantum13.

 

 
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