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No hay en el mundo subterráneo nuestro más flores que las piedras minerales

<p>Vista posterior Cárcel de Forzados</p>

Josef Ramon de Osta y Fernández, forzado de las minas de Almadén en el siglo XVIII, natural de Peralta (Navarra), no fue un peligroso asesino. Fue un joven que desertó del ejército. Era educado y su buena formación le permitía escribir correctamente. Con poco más de veinte años ingresó en la Real Cárcel de Forzados de Almadén para cumplir diez años de condena, pero cuatro años después murió en circunstancias no aclaradas.


Josef no fue un forzado típico, los forzados de Almadén tenían una edad de entre 18 y 45 años, con una media de algo más de 37, aunque hubo un caso con 65 años de edad, Agustín de Casas, alias Andrés Martínez. Los menores de edad eran normalmente gitanos, cuyo único delito en ocasiones era ser vagabundos. Las condenas más habituales fueron de entre 2 y 10 años, siendo la más frecuente la de 6 años. No faltaban las penas por meses, ni la cadena perpetua (hay 14 casos en el siglo XVIII). Como curiosidad se puede decir que muchas veces la puesta en libertad se producía con retraso pues muchas sentencias indicaban “… que cumplidos no salga sin licencia”, por lo que no se les liberaba a pesar de cumplir la pena hasta que la autoridad competente no concedía esta licencia, lo que podía llevar meses. El forzado que más tiempo estuvo preso fue Salvador Becerra, natural de Málaga. Ingresó con 32 años en septiembre de 1759 y murió en la enfermería de la prisión en febrero de 1789, casi 30 años después. Más de la mitad de los presos (53,1 %) cumplió su condena o fue indultado, el 30,4 % falleció en el presidio o en la mina, el 6,6 % consiguió fugarse y el 9,9 % restante fue trasladado a otra cárcel. La procedencia era diversa, mayoritariamente eran castellanos y leoneses (30 %), andaluces (25 %) y en menor medida extremeños, madrileños y valencianos.


El delito más común cometidos por estos reos fue el hurto (45 %), con penas de 3 a 10 años, un 15 % de ellos había matado o herido gravemente a alguien, y un 8 % fue condenado por portar armas prohibidas (de fuego o grandes cuchillos). Tampoco faltaron los condenados por la Inquisición (por blasfemos, por realizar sacrilegios…). Los gitanos y vagabundos se les solía condenar a 4 años, pero no solían recuperar la libertad, pues al no tener domicilio volverían a un vida errante. Entre 1720 y 1760 casi todos los gitanos que se enviaron a Almadén murieron en la cárcel, alguno murió durante su condena pero la mayoría en el período de retención. Un caso lamentable es el de Juan Juárez, alias Chumín, condenado por pescar en el río Balsain, cercano al palacio de la Granja de San Ildefonso. Tampoco faltaban entre los forzados de Almadén los delincuentes de la comarca en espera de juicio o que habían cometido pequeñas faltas como robar leña del monte.


El presidio de Almadén era un mundo diferente, mezcla de peligrosos asesinos e infelices, encerrados todos juntos en un ambiente inhóspito y extremadamente hostil. Como dice el doctor Parés y Franqués en su Catástrofe Morbosa de 1778. “No tiene (la atmósfera mineral) más aromas que los fétidos sudores de los mineros, los corrompidos olores de légamos, el terrible fetor del azufre y cuanto arroja de sí toda la mina. No hay en el mundo subterráneo nuestro más flores que las piedras minerales, ni más suavidades que el olor de pólvora, el de las pavesas de los candiles, el de los lodos corrompidos, el vapor del azufre y el de los demás minerales… No le baña a este mundo subterráneo ni la luz ni el calor del sol, de la luna ni de las estrellas. Este es mundo sin sol”.


Fotografía: Vista posterior Cárcel de Forzados

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