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“No hay que tener varios diplomas para que tu idea funcione”

CRISTINA GALLARDO – Con tan sólo quince años, Jack Andraka ha revolucionado el diagnóstico del cáncer de páncreas. Pasó de ignorar las funciones de este órgano a desarrollar un test para detectar el tipo de tumor que, pese a estar aún en pruebas, es barato, rápido, sencillo, mínimamente invasivo y mucho más preciso que los que se utilizan en la actualidad. Le bastaron para ello sus conocimientos de estudiante de educación secundaria, una determinación imparable y ese maravilloso invento llamado Internet. 






En las charlas motivacionales que ahora protagoniza alrededor del mundo, este adolescente de Crownsville (Maryland, EEUU) atribuye su interés por la investigación contra el cáncer de páncreas a la muerte de un amigo cercano de su familia, enfermo con esta dolencia. 

Al buscar en Google sobre la enfermedad, Andraka descubrió las desesperanzadoras cifras de uno de los cánceres más letales en los humanos: es el cuarto en cuanto a número de fallecimientos y su supervivencia global no alcanza el 5 por ciento a los cinco años del diagnóstico, un porcentaje que apenas ha mejorado en el último medio siglo. Parte de esto se debe a que muchos pequeños tumores localizados en este órgano pasan desapercibidos en las revisiones rutinarias, por lo que el diagnóstico llega cuando la enfermedad ya se ha extendido a otras áreas del cuerpo.

Pero Andraka creyó hallar otra razón. Los tests utilizados en la actualidad son los mismos que hace sesenta años y su elevado precio hace que los médicos sólo recurran a ellos si otros síntomas hacen sospechar la presencia de un tumor de este tipo. El joven estadounidense echó mano de Google y decidió buscar una proteína en el torrente sanguíneo que pudiera servir como biomarcador para detectar el cáncer de páncreas. Debía ser una proteína presente en las distintas variantes de esta dolencia, incluso en su etapa más inicial. La lista ascendía a 8.000 proteínas candidatas. Sin compañeros, jefes, experiencia previa ni material de investigación, Andraka comenzó a analizarlas una por una. Cuando ya había descartado la mitad de la lista, descubrió la mesotelina, presente en la superficie de ciertos tipos de células normales, pero también de células cancerosas de páncreas y ovario. El siguiente obstáculo era hallar una forma barata y eficaz de detectar su presencia en la sangre de los pacientes.




Andraka no tenía ni idea de cómo.





Durante una lección sobre nanotubos de carbono en la clase de biología del instituto, Andraka decidió recubrir estos diminutos objetos con anticuerpos, de forma que reaccionasen en presencia de la mesotelina, y crear un sensor fabricado en papel, un material tan barato que permitiese reducir considerablemente el coste de producción. Ahora que tenía una teoría, necesitaba un laboratorio. Su madre fue muy clara en este punto: “Si quieres hacer este experimento, perfecto. Pero búscate tu propio laboratorio”. Expulsado de la cocina familiar, Andraka comenzó a enviar cartas a equipos de investigación científica contra el cáncer. Sus padres y muchos de sus profesores intentaron que no se ilusionase demasiado porque, al fin y al cabo, ¿quién iba a aceptar a un estudiante de secundaria de 15 años? 





De las 200 solicitudes que envió por correo electrónico, el joven recibió 199 emails de rechazo. Pero en un laboratorio adscrito a la Universidad John Hopkins (Baltimore, EEUU), el profesor Anirban Maitra pensó de forma diferente y decidió incorporarle a su equipo, compuesto por estudiantes universitarios que acribillaron a Andraka con preguntas y le ayudaron a encontrar múltiples fallos en su idea original. Durante los cinco meses siguientes, se concentró en resolver esos defectos de diseño y perfeccionar su prototipo. Ir al laboratorio se convirtió en su actividad extraescolar. 

El resultado: un sensor fabricado en papel, sobre el que se extiende una muestra de sangre y al que se aplican unos electrodos. Los resultados se obtienen en cinco minutos, 168 veces más rápido que con los tests actuales, y con un coste de 3 céntimos de dólar, unas 26.000 veces más barato que la prueba de diagnóstico que se utiliza hoy en día. El test, ya patentado, ha atraído la atención de siete grandes empresas que negocian con Andraka para llevar a cabo ensayos clínicos y comercializar la prueba si los resultados son tan exitosos como parecen en el laboratorio de la John Hopkins. Aunque pasarán varios años antes de que se pueda aplicar en los hospitales, su joven creador ya piensa más allá: investiga cómo utilizarlo también en el diagnóstico de cáncer de ovario y de pulmón.




El descubrimiento le ha hecho merecedor del primer premio de la última edición de la feria de ciencia e ingeniería más importante del mundo, la Intel International Science and Engineering Fair, y de más de 175.000 dólares en galardones. También le ha convertido en una celebridad en Estados Unidos, tras recorrer las cadenas de televisión, protagonizar el mini documental “You don’t know Jack” -dirigido por Morgan Spurlock, creador también del alegato contra los menús extra grandes de McDonald’s “Super Size Me”-, y figurar en la lista de selectos invitados para escuchar el discurso del presidente Barack Obama en el Congreso estadounidense en febrero de 2012, en el que anunció sus reformas para salir de la crisis.

De todo esto, Andraka ha extraído además una moraleja, un motto que repite en platós, escenarios, entrevistas y conferencias. “A lo largo de este viaje he aprendido una lección muy importante: cualquier cosa es posible con Internet. No necesitas ser un profesor universitario con múltiples diplomas para lograr que tu idea funcione”. 


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