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Paludismo en Almadén

<p>Blog El forzado de Almadén</p>
Era 1746 cuando se hizo necesario un fuerte aumento de la producción de mercurio, pero la mano de obra entonces era escasa. Era además común en esos años que, cuando se acercaba el verano, algunos vecinos de Almadén dejaran el trabajo para recoger sus cosechas y muchos forasteros solían regresar también a sus pueblos en esa época.

Para paliar la situación se decidió que los tribunales de justicia enviaran a las minas de Almadén a todos los condenados a trabajar en ellas, y se decidió también que a los condenados a galeras que quisieran trabajar en las minas se le redujese la condena a la mitad. Empezaron a llegar muchos forzados a Almadén, a la pequeña cárcel de Forzados, y enseguida apareció el problema del hacinamiento.

La primera consecuencia fue que en junio se declarase una epidemia de fiebres terciarias. Las calenturas (episodios de fiebre y escalofríos) se producían cada tres días acompañados de aridez de lengua, delirio, ansias y vómitos. Hoy sabemos un poco más de aquello, lo que antes era el producto de los malos aires, corresponde a la infestación por plasmodios, protozoos transmitidos por la picadura de la hembra del mosquito anofeles: el paludismo.

visita médica

Las consecuencias de la epidemia no fueron fuertes al principio. Según los primeros datos de los médicos se produjeron 3 muertes, 3 enfermos críticos a los que se les administró la extremaunción, a otros 4 se les dio la comunión y 18 tenían fiebre. Se separó a los enfermos de los sanos permitiendo a éstos dormir en el corral de la cárcel. El 9 de julio acabaron las fiebres, pero lo peor estaba por llegar.

En 1749 se produjo la extinción de la pena de galeras, lo que provocó el envío masivo de presos a la vieja cárcel de Almadén, hasta alcanzar en algunos momentos los 288 presos. El hacinamiento de presos, la existencia de aguas fecales en torno a la cárcel y la cercanía de aguas estancadas en los arroyos de la zona pudo contribuir a la propagación de la enfermedad, que llegó a la población de Almadén.

El estado de la Cárcel Vieja era lamentable, se trataba de un edificio muy antiguo, del que se conoce que ya estaba en funcionamiento en 1525. Disponía de dos salas con chimenea y techo de madera donde se podían alojar hasta 76 hombres en cada una. La vivienda del alcaide también estaba ocupada por forzados.

Durante las misas debían de mantenerse de pie, pues no había espacio para arrodillarse en la ermita de la Cárcel, único edificio del complejo de la cárcel que aún se conserva. En la enfermería cambiaron los camastros por jergones y así lograron alojar allí a otros 40 presos. El patio de la cárcel estaba en pendiente hacia las salas donde dormían, por lo que la humedad y el olor de los desechos se acumulaba sobre sus paredes. Existía un pozo de agua en medio del patio, pero estaba seco.

Por lo que además de no poder lavarse los presos, no se podía limpiar la cárcel. Se hizo imprescindible construir un nuevo edificio. El 19 de agosto de 1755, sin terminarse aún las obras de la nueva Real Cárcel de Forzados, se decide el traslado de los presos enfermos.

En los diez años que van entre 1746 y 1755 murieron 199 presos y sólo en 1751 se produjo la muerte de 41 forzados y de 330 vecinos del pueblo. Algo más del 10 % de la población de Almadén murió por esta epidemia en 1751. El mismo Superintendente de las Minas, Francisco Javier de Villegas, padeció la enfermedad.

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