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Philip K. Dick, 33 años después

<p>Philip K. Dick. EFE/Pedro Pablo G. May</p>
¿Hay algo peor que ser un escritor poco leído, ninguneado por las grandes editoriales pese a ofrecer una producción amplia y de calidad, sufriendo para llegar a final de mes, embebido en todo tipo de conspiranoias y agobiado por profundas dudas personales sobre los cimientos de la propia existencia?

Sí, ser todo eso y morirte poco antes de que tu obra alcance reconocimiento mundial y empiece a dar réditos millonarios mientras tu nombre es incluido en la lista de los más grandes escritores del siglo e incluso es ensalzado como merecedor de un premio Nobel que por supuesto nunca recibiste.

Exactamente eso es lo que le sucedió a Philip K. (Kindred) Dick, uno de los más fabulosos e influyentes creadores de Ciencia Ficción de todos los tiempos, capaz de tocar con amenidad y suficiencia todos los palos argumentales, desde los políticos y sociológicos hasta los teológicos y metafísicos, pasando por supuesto por sus favoritos: los estados alterados de conciencia y las percepciones más desviadas del mundo real.

Dick nació en Chicago (EE.UU.) en 1928 y no publicó su primer relato hasta 1952 y su primer novela hasta 1955 pero, a partir de aquel momento, ya no se detuvo: según sus biógrafos, firmó la impresionante cantidad de 36 novelas y 121 relatos publicados, en una secuencia que terminó por encandilar al fandom en 1963, cuando recibió el Premio Hugo por uno de sus textos más populares, El hombre en el castillo.

Sin embargo, su trayectoria resultó verdaderamente complicada: en vida, sólo obtuvo el reconocimiento de los aficionados al género pero no fue más allá, viéndose obligado a escribir constantemente dado que sus libros apenas le daban dinero para vivir al día.



Además, se casó cinco veces y tuvo dos hijas y un hijo, pero todos sus matrimonios acabaron en divorcio: si ya es difícil convivir con un escritor, siempre necesitado de soledad para desarrollar su trabajo, aún lo es más cuando ese profesional vive sumido en una permanente crisis existencial como fue el caso de Dick.

Esa crisis nació con él mismo y con su hermana melliza Jane Charlotte, quien falleció a los pocos días de venir al mundo: su familia tuvo el macabro detalle de grabar su nombre (lógicamente, sin la fecha de la muerte) junto al de su hermana en la misma lápida bajo la cual fue enterrada, a la espera de que le llegara la hora de acompañarla.

La obsesión por esta temprana muerte y el rencor hacia su madre, a quien culpaba de haber dejado morir a su hija por malnutrición, reforzó un estado de ánimo que se vería agravado posteriormente con el consumo masivo de alucinógenos y anfetaminas; de hecho, en una entrevista concedida en 1975 a la revista Rolling Stone aseguró que había escrito todas sus obras previas a 1970 bajo el efecto de las drogas.

Claro que los años siguientes tampoco serían lo que se dice lúcidos: el 2 de febrero de 1974 sufrió la crisis nerviosa más extravagante de su vida, según contó en sus propios diarios.

Dolorido en casa tras una visita al dentista, pidió analgésicos por teléfono a la farmacia y la mujer que se los trajo llevaba un collar con el símbolo de un pez, a la manera de los primeros cristianos: a raíz de una serie de visiones que tuvo entonces, y que por cierto nunca relacionó con la mezcla de drogas habituales y medicinas ocasionales, “descubrió” que habitaba al mismo tiempo en dos mundos diferentes y paralelos con identidades divergentes.



Por un lado, era un escritor norteamericano del siglo XX llamado Philip y acosado por la CIA, el FBI y cualquier otra agencia o sociedad secreta que alguien le mencionara y, por otro lado, era Tomás, un griego cristianizado que vivía en Judea en el año 50 d.C. y acosado por los romanos.

Luego descubrió que recibía mensajes de una entidad divina a la que bautizó como VALIS (acrónimo en inglés de Sistema de Vasta Inteligencia Viva) y cuyo nombre empleó como título de una de sus obras, publicada el año anterior a su muerte.

En febrero de 1982, después de ser entrevistado, llamó a su médico diciéndole que se encontraba mal y que había sufrido una pérdida de visión; no hizo caso de la advertencia de acudir a un hospital de inmediato y al día siguiente fue encontrado inconsciente.

En coma cerebral, el 2 de marzo fue finalmente desconectado de los aparatos que le mantenían con vida y murió.

No habían pasado cuatro meses desde entonces cuando fue estrenada en el cine una de las obras maestras de Ridley Scott, Blade Runner, basada en una de las mejores novelas de Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que había sido publicada 14 años antes, en 1968.

Los buenos resultados de la película, sobre todo a largo plazo, disparó la venta del libro original y el interés por el resto de su obra: de pronto, Hollywood descubrió el potencial de sus historias y empezó a adaptar una tras otra, algunas con repercusión notable como “Desafío total”, basada en “Podemos recordarlo todo por usted” (1966) que Paul Verhoeven estrenó en 1990, aunque posteriormente se rodó un ‘remake’ menos atractivo firmado por Len Wiseman.



Después llegarían Minority report, basada en su relato del mismo nombre y dirigida por Steven Spielberg, Una mirada a la oscuridad, también basada en la novela homónima, Destino oculto, Next, Paycheck, Screamers, Radio Libre Albemuth…, eso sin contar con la influencia en clásicos contemporáneos de la CF firmados por otros autores como Matrix, eXistenZ u Origen.

Emmanuel Carrèrre publicó en 2007 una buena y amena biografía para entender a Dick, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, pero la mejor forma de acercarse a él, 33 años después de su muerte, sigue siendo la misma: a través de sus novelas o cuentos, en los que la realidad nunca es lo que parece.

Y es que, como dijo el propio autor en cierta ocasión, en un tono inequívocamente gnóstico: “El poder del mal es hacer que la realidad cese de existir, el lento diluirse de todo lo que existe hasta que la vida se difumina como un fantasma”.

 
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