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Somos todos macacos racistas

Las protestas contra el racismo de los aficionados al fútbol y del dueño de un equipo de baloncesto profesional son razonables y dignas de aplauso. Pero también son hipócritas. El odio étnico y la discriminación contra el que sea de una raza diferente no son exclusivos de blancos contra negros.

Lo digo una vez más. La imagen de Dani Alves, defensa brasileño del Barcelona, comiéndose un plátano antes de un tiro de esquina y la marea de gente imitándole para manifestar su rechazo al racismo y los aplausos por la suspensión de por vida contra el dirigente de Los Angeles Clippers, Donald Sterling, por comentarios racistas, son admirables.

Un aficionado sostiene un letrero que dice “Fin al racismo” en las afueras del Staples Center. EPA/Paul Buck.


Ambos episodios llenaron las páginas de los diarios, multiplicaron los comentarios en las redes sociales, fueron el tema de conversación en los noticiarios de la radio y la televisión. Y todo el mundo se rasgó las vestiduras en defensa de los negros que pareciera que son las únicas víctimas del racismo en Europa y en Estados Unidos.

Nada más lejos de la verdad. El racismo o la discriminación no solo se basan en el color de la piel, la forma de hablar y los rasgos faciales. Ambas actitudes constituyen una manifestación de rechazo contra quien sea diferente, contra quien pudiera considerarse “inferior” física o intelectualmente.

En su discurso de investidura en 1861 el president Abraham Lincoln manifestó su esperanza de que algún día desaparezca el racismo en Estados Unidos y aunque gobierna un presidente negro el país todavía espera que su deseo se haga realidad.

Y eso porque todavía sobreviven los demonios del “racismo inconsciente”, según un estudio de la Universidad de Yale y de la Universidad York de Toronto, publicado por la revista Science.

Esa investigación indicó que la gente que aspira a la tolerancia todavía alberga sin saberlo una tendencia racista que le impide enfrentar a quienes discriminen por cuestiones étnicas o sean abiertamente racistas.

“Somos buenos para racionalizar nuestras reacciones”, según Jack Dovidio, psicólogo de Yale y uno de los autores del estudio. “No queremos involucrarnos porque no estamos tan comprometidos con la igualdad como creíamos. Nos decimos: tal vez no sea algo tan malo. Racionalización. Ese es el peligro: nos explicamos las cosas para justificar nuestra comportamiento”.

Kerry Kawakami, quien también participó en el estudio, va más allá y explica que ese comportamiento es el que lleva al genocidio y “sus resultados explican cómo llegó a ocurrir la Alemania nazi”.

Eso podría ser una exageración y es muy difícil que el mundo vuelva a ser testigo mudo e indiferente ante el odio nazi no sólo contra los judíos, gitanos, negros y homosexuales sino contra todo lo que fuera diferente y no estuviera a la altura de su pureza aria.
Pero tampoco podemos dejar pasar el hecho de que el racismo o la discriminación existen en todos los estratos de la sociedad y en virtualmente casi todos los países.

El ejemplo más ilustrativo está aquí en Estados Unidos donde la discriminación es latente y no solo afecta a los negros sino también a los hispanos, a los asiáticos y a quienes, en general, tengan un color de piel diferente, pese a los esfuerzos que hacen los gobiernos por neutralizar esas actitudes negativas.

No sólo eso. El racismo es múltiple. Los negros discriminan contra los blancos, los hispanos o los asiáticos, y los hispanos contra los negros, los blancos o los asiáticos y así en una ronda interminable que también incluye a los homosexuales que forman sus propios corrillos de los cuales excluyen a los heterosexuales.

Y para colmo de males el gobierno en su lucha contra el racismo aplica una forma legal llamada “Acción afirmativa” que consiste, por ejemplo, en dar preferencia en el otorgamiento de contratos a sectores minoritarios en lo que constituye básicamente una política racista.

¿Pero no constituye acaso una manifestación de racismo el término de “sudacas” que se aplica en España a los inmigrantes provenientes de América del Sur en busca de mejores horizontes económicos?

En este lado del mundo, los que llegan de América Central son mirados con desdén por los mexicanos los cuales reciben el mismo trato cuando emigran al despreciado gigante del norte. Ese mismo desdén lo aplican los argentinos contra los bolivianos o los paraguayos.

¿No es eso lo que ocurre a los colombianos que llegan a Venezuela en busca de trabajo o para escapar de la actividad guerrillera en la frontera? ¿No es ese el mal que sufren los peruanos, dominicanos y colombianos que llegan a Chile y son menospreciados por los chilenos que creen acercarse al primer mundo merced a su progreso económico?

Hay muchos ejemplos más como los de los africanos o los europeos orientales en los países de Europa occidental, los turcos en Alemania o el de los haitianos en la República Dominicana.

Así es que no nos escandalicemos tanto por estas actitudes de abierto racismo y de discriminación. No seamos hipócritas. En buenas cuentas todos somos macacos racistas.

 
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