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Tambora, el volcán que robó el verano

Nos encantan los datos. En un mundo tan global e inmediato nos maravilla el manejar cifras de todo tipo y, si además, tienen que ver con el poder desatado de la naturaleza, mejor.

Hoy, 10 de abril, se celebra una efeméride de esas que tienen una dimensión épica, si se me permite la licencia, y que trasciende a cualquier escala temporal que involucre el tiempo de vida medio de una persona.
Hablamos de un 10 de abril de 1815, cuando el Monte Tambora, un volcán indonesio, sufría la mayor erupción de los últimos 10.000 años, que tendría su repercusión más mediática en el archiconocido ‘Año sin Verano’, el de 1816.

Todo comenzó el 5 de abril, y desde ese mismo momento, los relatos describen un acontecimiento de proporciones bíblicas. Ese día, la tripulación del Benares, un barco de la Compañía de las Indias Británicas, escucha fuertes detonaciones similares “al sonido de un cañón“. Algo habitual en un volcán en erupción, a no ser por el hecho de que el barco estaba amarrado en Makassar, a 390 kilómetros del volcán.

El investigador y divulgador científico David Calvo. Detrás, el lago de lava del Nyiragongo (República Democrática del Congo). Imagen cedida por Calvo.

Así, hasta que en la mañana del día 10, las mayores explosiones que ha conocido el ser humano en los últimos 10.000 años tuvieron lugar. Se podían oír a más de 1.000 kilómetros de distancia y en el propio Benares su capitán describe que toda la bahía, incluyendo las casas y los navíos, tiemblan como hojas de papel a cada detonación.

La columna eruptiva de cenizas, rocas y gases alcanza los 40 kilómetros de altura e inmediatamente comienza a expandirse en el cielo.

Un par de horas después, se extiende ya más de 500 kilómetros en su punto más ancho y la ceniza comienza a diluviar de los cielos.

Durante 48 horas no existió la luz del día


Los relatos del Benares son extraordinarios, su capitán continúa escribiendo que durante 48 horas no existe la luz del día, “nunca he visto una oscuridad igual, ni siquiera en la peor de las noches; es imposible ver mi propia mano delante de mi cara“.

Para ese instante, miles de personas ya habían perdido la vida en la erupción y los tsunamis generados por la extraordinaria violencia de la erupción, modificando dramáticamente la morfología de la zona.

Pero algo mayor se estaba gestando en la atmósfera. La erupción inyectó 55 millones de toneladas de dióxido de azufre, el equivalente a más de 5 años de emisiones de la actividad industrial en la Unión Europea. Esto, unido a las cenizas en suspensión dificultaron la llegada de radiación solar a gran parte del Hemisferio Norte.

El año siguiente, 1816, vio como el verano no llegaba a partes de Europa y Norteamérica. Nevadas estivales, semanas de lluvias ininterrumpidas; todo ello desemboca en una crisis humanitaria terrible. Se pierden cosechas y millones de animales perecen por falta de forraje para alimentarlos, cientos de miles de seres humanos ven la cara más amarga del hambre.
1816 será para siempre el ‘Año sin Verano’ y todo por una erupción a más de 10.000 kilómetros de Europa, el efecto mariposa en su máxima expresión.

Hoy el Tambora duerme. Tras la erupción, perdió más de 1.000 metros de altura, generó un cráter de 6 kilómetros de diámetro y más de 1.000 metros de profundidad. Emitió 150 kilómetros cúbicos de material, 10 veces más que el Krakatoa, 1.000 veces más que el impronunciable Eyjafjallajokull de Islandia, que en 2010 dejó a millones de personas sin sus viajes en avión.

El Tambora también dejó unas 80.000 víctimas y decenas de relatos que podrían tenerme escribiendo este artículo durante horas, como las historias paralelas de la relación entre la erupción y Frankenstein, o de la invención de la bicicleta.

Lo dije al principio, nos encantan los datos y las historias de naturaleza desatada, y el Tambora es de las que merece la pena contar una y otra vez.

David Calvo Fernández es vulcanólogo y divulgador científico del Instituto Volcanológico de Canarias (INVOLCAN).

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