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Señores turistas, abróchense los cinturones

<p>Turismo espacial. EFE/Pedro Pablo G. May</p>
El hombre no consiguió llegar físicamente a los alrededores de Júpiter en 2001, tal y como proponía Stanley Kubrick en su épica y cinematográfica Odisea del Espacio, pero en el mundo real éste fue el año en el que se inauguró el incipiente negocio del turismo espacial.

El cineasta norteamericano, que escribió junto al novelista británico Arthur C. Clarke la adaptación del relato El centinela, en el que se basa este clásico de la Ciencia Ficción, mostraba en ella el viaje del doctor Heywood Floyd de la Tierra a la Luna a bordo de una nave de transporte con un interior similar al de un avión de pasajeros, en el que el personaje se podía quedar dormido exactamente igual que lo haría un ejecutivo de vuelta a casa tras un desplazamiento por cuestiones de trabajo, con la única diferencia de la ausencia de gravedad.

De todas formas, las fabulosas imágenes rodadas por Kubrik no contaban nada nuevo: son numerosas las obras literarias y cinematográficas que construyen sus argumentos en todo o en parte alrededor del viaje espacial, entendido éste como algo tan común en el futuro como es el transporte aéreo o el naval en la actualidad.

Por citar sólo un par de películas, los protagonistas de Alien de Ridley Scott no son heroicos astronautas dedicados a la exploración sino vulgares tripulantes de un trasporte comercial minero que se ven envueltos en un incidente tan inesperado como sanguinario en medio de sus rutinas laborales, mientras que en Naves Misteriosas de Douglas Trumbull el protagonismo de los vehículos espaciales se debe a su carácter de repositorios botánicos que preservan las pocas plantas salvadas de la destrucción en una Tierra donde la vida vegetal es sólo un recuerdo.

Por citar sólo un par de libros, en Mercaderes del espacio de Frederik Pohl y C.M. Kornbluth, las naves son igualmente simples transportes de productos o personal para mantener en pie el sistema hipercapitalista de los Señores del Comercio, mientras que en El planeta de los Simios de Pierre Boulle, la trágica epopeya de los humanos en un mundo poblado por monos está contenida en la lánguida botella que descubren, flotando en el espacio, dos turistas recién casados.

En la realidad, el primer turista espacial fue el millonario estadounidense Dennis Tito: el espacio no era territorio desconocido para este neoyorquino descendiente de emigrantes italianos, pues durante años trabajó como ingeniero de la NASA y, si no se presentó a las pruebas de aspirante a astronauta, fue porque ni era militar (condición sine qua non para integrar una expedición norteamericana) ni reunía las muy exigentes condiciones físicas requeridas.



Pese a ello, durante años soñó con esta posibilidad que finalmente se hizo realidad hace ya 14 años, cuando la desintegración de la Unión Soviética obligó a Rusia a buscar nuevas fórmulas de financiación para el costoso mantenimiento del programa espacial.

Durante la mayor parte de lo que fue bautizado como la carrera hacia las estrellas, ni Washington ni Moscú se mostraron por la labor de abrir las puertas de sus respectivas agencias espaciales a la presencia de civiles, pero la necesidad de nuevos ingresos condujo finalmente a Roscosmos, la agencia gubernamental rusa, a aceptar los 20 millones de dólares que ofertó Tito a cambio del entrenamiento, el viaje y la estancia en la Estación Espacial Internacional (ISS), pese a las protestas norteamericanas por el “capricho de un excéntrico”, según la definición del entonces administrador de la NASA, Daniel S. Goldin (cuyo mandato, por cierto, finalizaría su mandato pocos meses después en el mismo 2001).

El 28 de abril de 2001, con 60 años de edad (lo que le convertía en la segunda persona de más edad en viajar al espacio tras el astronauta norteamericano John Glenn, quien realizó su segundo vuelo espacial con 77 años) Tito pudo por fin cumplir su deseo: despegó desde el Cosmódromo de Baikonur en compañía de dos cosmonautas rusos y dos días más tarde entró en la ISS, donde permaneció una semana manejando el sistema de comunicaciones, verificando el equipo de energía del módulo ruso, preparando comidas y, sobre todo, comportándose como un turista tomando películas y fotos todo el tiempo que pudo.

El 6 de mayo regresó a la Tierra tan emocionado como extenuado, tal y como demuestran sus palabras: “Vengo del paraíso…, aunque estoy agotado, sudoroso y me encuentro tan débil que no he podido salir de la cápsula Soyuz por mi propio pie, como hicieron mis compañeros”.



Tito fue el primero, pero no el único: otros turistas han desembolsado fuertes cantidades de dinero por el privilegio de abandonar físicamente el planeta que les vio nacer aunque sea durante un puñado de días; entre ellos, el surafricano Mark Shuttleworth, el norteamericano Gregory Olsen y la primera mujer turista, estadounidense aunque de origen iraní, Anousheh Ansari.

En la actualidad, diversas empresas trabajan en el desarrollo de un proyecto viable de turismo espacial que no dependa directamente de la agencia espacial rusa, ya que la NASA sigue sin aceptar “invitados”, aunque por ese motivo en un primer momento sus objetivos son menos ambiciosos: las características iniciales sobre las que se trabaja son para vuelos suborbitales de poco más de una hora de duración que se puedan programar de manera rutinaria y con tecnología comercializada sin restricciones.

Paralelamente se desarrollan proyectos de hoteles espaciales, a fin de alargar la estancia fuera del planeta y compensar así el enorme desembolso necesario para costear el viaje.

Para más adelante quedará el turismo verdaderamente de aventura, como escalar el monte Olimpo (tres veces más alto que el Everest) en Marte, practicar descenso de cañones (varias veces más profundos que el del Colorado) en la luna joviana Europa o navegar con motos acuáticas (y adecuados trajes de protección) sobre los lagos de gas natural líquido en la luna saturniana Titán.
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