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El valor de lo intangible. Por (*) Ramón Luis Valcarcel

<p>Un espejo refleja una pantalla de ordenador que muestra un código binario. EFE/RITCHIE B. TONGO</p>
Mientras la Unión Europea trabaja en su presupuesto para el período 2021-2027 y los representantes de los ciudadanos debatimos sus prioridades, el otro presupuesto de los ciudadanos se filtra por vías menos transparentes. El dinero que los gigantes tecnológicos obtienen por nuestros datos en internet se negocia sin el conocimiento del usuario, y así lo ha demostrado el escándalo de Cambridge Analytica. Semanas después de que se desvelara el uso indebido por parte de Facebook de los datos de al menos 2,7 millones de ciudadanos europeos, aún seguimos a la espera de conocer el alcance real de este entramado.

Con el deber, precisamente, de esclarecerlo y de ofrecer soluciones al respecto, esta semana comparecía en el Parlamento Europeo el Director Ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg. Su comparecencia, por cierto, no habría tenido lugar de no ser por la fuerza de tracción de la democracia europea, representada por este Parlamento. Huelga recordar que ni el Bundestag alemán ni el Parlamento británico lograron contar con su presencia.

Lo que dijo Zuckerberg, sin embargo, ya lo habíamos leído: desde la suspensión de más de 200 aplicaciones que podrían haber obtenido información de forma fraudulenta a la eliminación de miles de cuentas falsas o que hacen apología del terrorismo.

Lo que quiso saber el Parlamento Europeo, no obstante, era si el caso de Cambridge Analytica es más sistémico que aislado en el ecosistema de Facebook. También, si Zuckerberg permitiría la investigación de su empresa para averiguar si constituye un monopolio, si almacena datos de ciudadanos sin perfil en la plataforma o incluso cuándo esperaba cumplir con los requisitos del Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea.

Pero, más que preguntar sobre un caso aislado, lo que hizo el Parlamento Europeo fue demostrar que el escándalo de Cambridge Analytica simboliza el valor de lo intangible, de nuestros datos; y poner de relieve, también, que podría no haberse hecho lo suficiente para proteger nuestra información, nuestra huella digital.

Así, esta comparecencia fue más importante por las preguntas que por las respuestas. Mark Zuckerberg representa a Facebook, Instagram y WhatsApp, pero bien podría representar a otros gigantes como Amazon, Uber, Twitter o Snapchat. Y por eso, al preguntarle por unos servicios que usan más de 2.000 millones de personas, no se le estaba preguntando por la política de Facebook, que por supuesto, sino por la política de las grandes compañías tecnológicas que nos ofrecen todo tipo de servicios al precio de gestionar nuestros datos.

Si para algo sirvió su comparecencia fue para reivindicar el valor de los datos personales de nuestros ciudadanos. No en vano, hoy nuestra huella digital permite esbozar un alter ego virtual de cada uno de nosotros: un alter ego que compra ropa, videojuegos o muebles; que disfruta de música, series y películas; que lee noticias, informes o tribunas. La mayor parte de nuestra vida ya posee un trasfondo digital y, si las actuaciones en el ciberespacio quedan registradas y son vendidas sin nuestro consentimiento, las compañías no solo serán capaces de prever nuestras actuaciones, sino de influenciar nuestras decisiones.

Así pues, y aunque estemos inmersos en el caso de Cambridge Analytica y Facebook, no podemos olvidar que este tema trasciende a una u otra compañía y se enmarca más bien en la posición de los ciudadanos ante al uso de sus datos digitales por terceros. En este sentido, mis recomendaciones, como Vicepresidente del Parlamento Europeo encargado de la Política de comunicación, enfatizan en Facebook pero subrayan el valor de la información volcada en cualquier aplicación.

El escándalo de Cambridge Analytica erosiona la credibilidad de las compañías que recopilan datos de sus usuarios y los comparten con otras. Estas compañías deberán recuperar la credibilidad mediante más transparencia. Para ello, trabajamos para que no solamente Facebook, sino todas las compañías digitales, permanezcan fieles a sus códigos éticos, conectando a las personas y haciendo su vida más cómoda.

Ante esta situación, Facebook debe asegurar no sólo que aplica el Reglamento General de Protección de Datos, sino que dota a los usuarios del control completo sobre el uso de su información en todas sus aplicaciones; incluyendo Messenger, Instagram o WhatsApp. Y estas políticas deberán adaptarse fielmente a todos los canales de Facebook, debido al distinto uso que damos al ordenador, a la tableta o al móvil.

Además, hemos constatado la injerencia externa en múltiples procesos electorales a éste y al otro lado del Atlántico. Desde Washington a Madrid, pasando por París, a los europeos nos importa tanto el uso de nuestra información como la información que recibimos. Esta situación demuestra que la autorregulación no es suficiente, y es tarea de las instituciones legislar para proteger mejor a los usuarios; sobre todo, respecto a la propagación de noticias falsas que pretenden condicionar la voluntad de los ciudadanos.

Facebook debe renovar su compromiso con el fortalecimiento de las democracias, adecuando sus medios a las necesidades concretas de cada región. Entendiendo, por ejemplo, que en Europa exigimos mayores estándares de protección que en América; y que, por tanto, querer almacenar nuestra información en servidores europeos no atiende a una mera cuestión de cortesía y generación de empleo. La nube es más física de lo que pensamos, y el control del proceso de almacenamiento de datos es tan importante como el propio uso de los mismos.

Esa es la razón por la que, a un año de las elecciones europeas -coincidentes además con las locales y autonómicas en España-, será clave que nuestros datos se gestionen lo mejor posible y que la desinformación se combata con absoluta determinación. Los gigantes tecnológicos deben rendir cuentas a los usuarios y avanzar en transparencia; y los legisladores, poner en marcha medidas que aseguren que lo hagan. En la era digital, defender los derechos de los ciudadanos en el ciberespacio es tan importante como hacerlo en el espacio analógico. Y a la vanguardia de ello está, y seguirá estando, el Parlamento Europeo.

 

Ramón Luis Valcárcel es vicepresidente del Parlamento Europeo y eurodiputado del PP.

 
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