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La isla de los astrónomos

Las crónicas antiguas de la conquista de Canarias dan fe de que los pueblos que habitaban las islas antes de la llegada de los castellanos dominaban con precisión los calendarios y organizaban en torno a ellos sus ritos religiosos, sus fiestas y los momentos del año propicios para la siembra y la cosecha.

Tumba del Rey, en la necrópolis de Arteara, iluminada por los primeros rayos de sol de la primavera. EFE/Elvira Urquijo A.

¿Pero cómo consiguieron semejante control del tiempo sociedades aparentemente atrasadas y aisladas durante siglos del resto del mundo por millas y millas de océano? La respuesta está en el cielo… y en las piedras de una decena de yacimientos de Gran Canaria.

Los pastores más viejos de Gran Canaria aún conservan la habilidad de sus mayores de saber la hora del día con sólo mirar al sol, el dios Magec que regía las vidas de los antiguos canarios, o de saber el momento del año por las estrellas del cielo. Algunos de ellos quizá mantengan el conocimiento heredado de padres a hijos de que existen en la isla determinados puntos donde las sombras o los rayos del sol dicen que ha llegado la primavera o incluso que comienza el día más largo del año.

Y es que la isla está salpicada de emplazamientos que mantienen la memoria de los faicanes, los sacerdotes aborígenes que dirigían los ritos y atesoraban la sabiduría de matemáticos y astrónomos en aquellas viejas sociedades.

La cueva número 6 de Risco Caído


La cumbre del conocimiento astronómico de las sociedades prehispánicas que habitaron Canarias se encuentra en Artenara, el pueblo más alto de Gran Canaria (1.270 metros), donde algunos vecinos siguen viviendo hoy en casas cueva al borde de la sobrecogedora caldera volcánica de Tejeda, como hicieron sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos.

Parte de esas cuevas se encuentra en el paraje conocido como Risco Caído, que los pastores de la zona utilizaron como pajar hasta 1996, cuando se revelaron como un importante yacimiento, con antiguos grabados en sus paredes. Pero fue en 2009 cuando se descubrió el detalle que hace especial a la cueva número 6: desde las 08.00 hasta la 10.00 de la mañana del día más largo del año (21 de junio), la luz solar que se cuela por la claraboya que corona su cúpula proyecta contra la pared un rayo que va iluminando poco a poco los 30 grabados en forma de pubis femenino que decoran sus paredes.



Ese juego de luces y sombras se percibe en su apogeo coincidiendo con el solsticio de verano, pero comienza a producirse con el equinoccio de primavera y termina con el de invierno. Y, para cerrar el ciclo de las estaciones, la primera luz de luna genera el mismo efecto en el solsticio de invierno.

Tumba del Rey, en la necrópolis de Arteara, iluminada por los primeros rayos de sol de la primavera. EFE/Elvira Urquijo A.

“Este es posiblemente el marcador solsticial más importante de toda Canarias. No hay nada absolutamente igual, no sólo en esta isla, sino en resto del archipiélago”, defiende Julio Cabrera, el arqueólogo que dirige por encargo del Cabildo de Gran Canaria los estudios de esta cueva.

Su antigüedad concreta se ignora, pero su valor nunca ha pasado desapercibido. Ni ahora que el Cabildo ha promociona su candidatura a formar parte del listado de sitios arqueológicos Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, ni antes del descubrimiento de sus grabados. De hecho, los arqueólogos han encontrado un documento del siglo XVII que atestigua que la población local sabía que esa era una cueva valiosa, un sitio sagrado. En él, un vecino de Artenara, descendiente de aborígenes, lega dos cuevas almogarenes a su hermano y le obliga a prestar una fianza para que no las destruya, ni venda ni permita que desaparezcan.

Otros relojes prehispánicos en Gran Canaria


Risco Caído es el más sofisticado de los milenarios relojes prehispánicos que salpican los 1.560 kilómetros cuadrados de Gran Canaria, pero no el único. Muy cerca de allí, en la caldera de Tejeda, se encuentra el Roque Bentayga. También allí existe un área ceremonial, donde los rayos que se cuelan al amanecer por una muesca de un promontorio rocoso en los dos dos equinoccios del año se alinean con unos agujeros en forma de cazoleta excavados hace siglos en la roca del suelo.

El mismo efecto, a mucha mayor escala, se puede ver en el barranco de Fataga, en la necrópolis de Artenara, un cementerio utilizado por los pueblos prehispánicos por lo menos durante 700 años, desde el siglo VIII hasta el XV, como atestiguan las pruebas de Carbono 14. Allí se levanta un millar de túmulos funerarios. Uno de ellos tiene nombre propio en la tradición oral de la zona: El túmulo del Rey. No hay pruebas de que allí descanse rey alguno pero los lugareños siempre han sabido que esa no es una tumba más.

Y no sólo por su lugar central en la necrópolis, sino porque dos días al año -el primer día de primavera y el primero del otoño- los primeros rayos del sol rebasan el risco de Amurga por una muesca natural con forma de V en la montaña y arrojan un espectacular haz de luz directamente sobre la tumba, que hace que sus piedras resplandezcan.

El arqueólogo Xabier Velasco, del servicio de Patrimonio del Cabildo de Gran Canaria, resume así el sentido de estos marcadores astronómicos: “Desde el Paleolítico, las poblaciones trataron de controlar el paso del tiempo, de las estaciones, algo que solo puede hacerse tomando como referencia fenómenos recurrentes, como el recorrido del sol y las estrellas”.



04.- Un grupo de personas escucha las explicaciones de José Carlos Gil, de la Agrupación Astronómica de Gran Canaria, sobre la relación de los antiguos canarios con la astronomía. EFE/Elvira Urquijo A.

Existe un puñado más de ejemplos de “relojes solares” en la misma isla: como el túmulo de la Guancha o Las Cuatro Puertas de Telde.

El Cabildo de Gran Canaria los llama yacimientos con estrella y programa regularmente visitas guiadas a ellos en los momentos clave del año que permiten adivinar cuál era su utilidad para las sociedades que habitaron la isla antes de su incorporación a la Corona de Castilla.

El observador de la Agrupación Astronómica de Gran Canaria José Carlos Gil, estudioso de la cultura aborigen, subraya que controlar el tiempo nunca ha sido una cuestión baladí. De ella, podía depender la supervivencia, saber cuándo había llegado el momento propicio para sembrar o estar preparado para el inicio del celo del rebaño.


Y los arqueólogos consideran que gracias a estos conocimientos los antiguos canarios se adaptaron al ecosistema durante sus por lo menos 1.400 años de dominio de las islas.
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