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Twitter y los políticos deslenguados: una combinación letal

Las redes sociales, sobre todo Twitter, se han convertido en uno de los canales más directos para que los políticos expresan sus ideas sin el “filtro” de los medios tradicionales. Twitter tiene sus ventajas, pero también sus riesgos, en especial para los usuarios algo deslenguados o poco reflexivos.

Logotipo de Twitter
Desde que la red social del pajarito azul se hizo un hueco en los teléfonos y tabletas de buena parte de la clase política, se han ido sucediendo las meteduras de pata en prácticamente todos los partidos.
Muchas terminan sin consecuencias, más allá del escarnio público, la chanza en las redes sociales o el tirón de orejas en privado, pero en otras han precipitado incluso el fin de la carrera política de sus desolados autores.

Es lo que le ha sucedido esta semana al militante de Nuevas Generaciones de Madrid Jaime Mora que, al hilo de la sentencia de Estrasburgo sobre la doctrina Parot, descargó toda su indignación en el diputado de IU Alberto Garzón.

Garzón, uno de los diputados más activos en Twitter, con 174.000 seguidores y más de 32.000 tuits, calificó de “buena noticia” el fallo judicial que abre la puerta a la excarcelación de decenas de terroristas con largas condenas.

Mora tiró de ironía y, además de llamar “payaso” al diputado, añadió que a lo mejor no era “tan mala noticia” la sentencia porque al fin y al cabo no le saldría tan caro matar a Garzón y a todos los de su “calaña”.

Un exceso verbal con el que se ha ganado una denuncia en comisaría por amenazas y la apertura de un expediente de expulsión de Nuevas Generaciones. Todo por 140 caracteres poco meditados.

Sin abandonar el Congreso, el actor y diputado de UPyD Toni Cantó se ha enfangado más de una vez en comentarios desafortunados.

En febrero pasado aseguró que la mayoría de las denuncias de las mujeres por violencia machista eran falsas y los fiscales “no las persiguen”. Poco después, y presionado por la indignación general y su propio partido, pidió perdón y rectificó.

No le sirvió de mucho la penitencia porque pocos meses después la volvió a montar, al burlarse en Twitter de la dicción del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Hasta su jefa de filas, Rosa Díez, le llamó al orden y calificó la broma de “improcedente” e “inadecuada”.

Mucho peor parado del patinazo salió el “número dos” de la Marca España, Juan Carlos Gafo, cesado de manera fulminante por el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo.

La pitada que le dedicó parte del público al himno nacional en la inauguración de los Mundiales de Natación de Barcelona en julio pasado le debió de sacar de quicio y, en un arrebato, escribió en su perfil: “Catalanes de mierda, no se merecen nada”.

Twitter también le costó el puesto en 2011 al coordinador general de Movilidad del Ayuntamiento de Madrid Fernando Autrán, que acumulaba frases polémicas sobre ETA, varias ministras del Gobierno socialista o partidos como CiU o el PNV.

Dimisión a la que también si vio forzado un concejal del PP de la localidad malagueña del Rincón de la Victoria, esta vez por un tuit en el que pedía, nada más y nada menos, que la ilegalización del PSOE por “sus antecedentes criminales y corruptos”.

Las meteduras de pata de los cargos públicos traen de cabeza a los gabinetes de prensa de partidos e instituciones, incapaces muchas veces de articular un mensaje coherente y unitario, por culpa de comentarios no siempre políticamente correctos.

De hecho, y más allá de las salidas de pata de banco más o menos llamativas, también han sido muchos los políticos que se han hartado de Twitter y de recibir, a partes iguales, críticas y piropos de los agudos internautas.

Este mismo mes de octubre, anunciaba su marcha de esta red social el exministro Jordi Sevilla, después de casi 10.000 mensajes y más de 40.000 seguidores.

“Bueno. Hasta aquí. Cierro mi cuenta de Twitter. Esto no es el ágora democrática donde informarse y debatir con argumentos. Que os vaya bonito”, rezaba su último mensaje.

Sevilla seguía la estela de otros políticos, como la socialista Elena Valenciano, muy activa ahora en Facebook, o los ‘populares’ Fátima Báñez o José Antonio Monago, después de que algún juego del móvil les jugara una mala pasada con sus mensajes automáticos.

Otros siguen ahí, como el propio Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, aunque sus mensajes forman parte de la más estricta estrategia política, sin espacio para la espontaneidad y la opinión directa y desinhibida que, a otros colegas, tantos disgustos les ha dado, y les seguirá dando. EFE

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